El arrebato de la hoja

Columna
EL OTOÑO DEL PATRIARCA
Publicado el 13/08/2017

La hoja de coca es natural de estas tierras. Su consumo ha vinculado a los pueblos originarios desde antes de Colón. Los ahora países andinos, a pesar de saberlo, no quisieron entender de su importancia cultural y vieron con malos ojos su consumo. Sin embargo, por razones prácticas y de índole utilitario, fomentaron el pijcheo en la fuerza de trabajo, lo censuraron poco a poco en la sobremesa de la clase media en formación y luego lo utilizaron como estigma de quienes, a su juicio, eran sus históricos subordinados. Con el tiempo les ha invadido la duda filosófica y ahora empiezan a consumirla cada vez con menor rubor.

La opinión pública, guiada por la información de los investigadores, afirma que nadie consume la hoja chapareña. Prestigian la coca yungueña e indican que saben todo sobre ella respecto a su destino final, y no así sobre la otra coca. Más bien: cuestionan que el gobierno no esté en la disposición de señalar a dónde van las toneladas producidas por la región que llamamos Chapare. De inmediato se relaciona el mercadeo “inexplicable”, sin hojas de ruta, al terror de la cocaína. No falta razón para sospechar. ¿Por qué no se documenta el derrotero de esta coca para que todos fundamentemos una opinión? Y, de estar todo documentado, ¿por qué no se divulga mejor esa información? Es así de simple. Hasta ahora, la falta de papeles genera un espeso caldo de cultivo para la diversa especulación. El cocalero chapareño contamina el prestigio de la hoja de coca en la realidad nacional y su efecto nocivo es internacional. ¿Quién tiene la razón? 

El consumo de la coca ha ido ganando terreno en nuestra sociedad. A mí todavía me sorprende descubrir a antiguos amigos caminar con la bolsa de coca en la mano y un buen  acullicu  en la boca. Afirman que les alivia de los problemas gástricos u otros malestares o enfermedades decididamente importantes. Pero otro numeroso conjunto de familias  pijchea  después de la comida por el puro placer de hacerlo. Es una experiencia común de estos tiempos. En mi bella Tarija, donde solía escuchar con frecuencia el estigma de “colla coquero” referido a la gente del norte, se  acullica  en buena parte de la clase media. En la histórica Potosí. En la capital. En Cobija. En fin, es mejor señalar: en la clase media boliviana. (Y en la clase media argentina, en la del norte.) Un dato relevante indica que su consumo se ha extendido, en términos absolutamente contundentes, entre los indígenas de los llanos. Es decir: la hoja de coca está en la boca de la inmensa mayoría boliviana. ¿Les parece una afirmación exagerada?

¿Todos consumen la coca yungueña? Mi viejo amigo Modesto Poma, natural de Leke, feliz localidad sin base legal de creación y con pertenencia incierta entre las provincias subandinas de Ayopaya y Tapacari, me cuenta que él, y su comunidad, indios pobres, consumen la coca chapareña desde siempre. La misma respuesta obtuve entre los yuracarés cuando navegué el río Ichilo rumbo a la Boca. Tanto ellos, como los yuquis (en el río Chapare) pescadores, consumen coca chapareña. Con el precio de una libra de coca yungueña adquieren prácticamente una y media de la coca chapareña. Así lo afirman con absoluta dignidad.

La hoja de coca está arrebatada por el ilegal comercio internacional de la cocaína. Es fácil advertir su temblor y desconcierto en su matorral. La clase media boliviana, pese a que se incorpora a su consumo cada día, odia su nombre y blasfema contra ella impulsada por móviles políticos. Claro, es también común encontrarse con quienes ejercitan el criterio e indican, con  otro ánimo, que la coca nos vincula a todos: pueblos originarios y urbanos. Nos da sentido de pertenencia a una nación grande, pluricultural, diversa en su geografía, y que responde al sencillísimo nombre de Bolivia. Apenas se lo pueden creer: como el tema del maravilloso mar, la humilde coca nos da identidad. Es una constatación fundamental para comprendernos.

La coca no es cocaína, dijo Paz Zamora, y es verdad. Necesitamos, y con urgencia, evitar absolutamente su conversión en droga e impedir que se utilice este territorio como corredor de la droga colombiana o peruana. Se lo debe lograr. Necesitamos liberar a esta hoja subandina de usos ilícitos y nocivos. Su consumo en forma natural ya la protege, lo comprobamos cada día en una familia o en otra, pero aún nos falta decirnos toda la verdad.

El gobierno tiene la palabra.

 

 El autor es escritor.

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