Y llegaron los halcones
Los Tiempos publicó, en su sección “Ilustra2”, dos tomas de un ataque, de un allanamiento propiamente. Se trataba de un halcón lanzándose hacia la guarida de una paloma en procura de arrebatarle un pichón. El hecho, se dice, ocurrió en una de las ventanas exteriores de la Gobernación y ante la vista de periodistas y otros curiosos. El texto señala que el halcón fracasó en su intento de caza. Una de las fotografías muestra al animal en pleno vuelo. Es una excelente toma. El ave, propiamente soberbia, está con las alas extendidas, la cola abierta y se divisa su característico pico curvo. En tanto, en la segunda toma, se registra el ataque a la prole de la paloma. Lo triste de esta historia es que, días antes, algún internauta publicó en las redes la tala de unos pinos del interior del patio de una vivienda y deploraba que una pareja de halcones quedó sin su hábitat y complementaba que, viéndose sin hogar, las aves se habrían marchado a la plaza 14 de Septiembre, donde viven, reinan, pululan y se hacinan las palomas. Por lo visto, era cierto lo que decía el tal internauta, pues a los días se vio la presencia y el ataque del susodicho halcón en la plaza principal.
Lo preocupante es el derribo de los árboles donde anidan los halcones y otra fauna aviaria y, más aún, que es imposible detener tal tala, porque en ocasiones es al interior de propiedad privada y sus propietarios están en el legítimo derecho de decidir la vida o muerte de sus árboles, sin dolerse de que las avecitas se queden sin su casa. Eso ha sucedido con los halcones.
No pasa algo así con las palomas. Ellas prosperan, crecen, se multiplican rabiosamente. Como lucen muy bonitas, son emblema de paz, sería un ominoso biocidio intentar siquiera algo en contra de ellas, digamos, como esterilización. Se han constituido en una plaga que ha tomado principalmente el casco viejo de la ciudad. No tienen depredadores y cuentan con aliados humanos. Se han vuelto holgazanas y viven a costa de benefactores que les arrojan puñados de maíces o migas de pan.
En contraste con su bonita estampa y agradable presencia, está el tema de la salubridad pública, amenazada con tanta sobrepoblación de palomas, tema que en otros países ya han encarado y precisamente lo han hecho con halcones entrenados. Estas aves rapaces son sus enemigos naturales.
Tenemos ahora esos halcones en la plaza principal. No queda clara la reacción de los testigos que presenciaron el ataque aéreo del halcón a la paloma. Tal vez se pusieron de parte de la “víctima” y se alegraron cuando el halconcito fracasó. Es una gran esperanza ecológica para que la plaza 14 de Septiembre recupere su condición de espacio verde habitable para todos. Los halcones podrían las cosas en su lugar devorando los huevos o atrapando a sus pichones, lo cual limitaría ese descontrol demográfico. Por otro lado, no hay riesgo de que pululen al igual que las palomas. Leyendo al respecto, se sabe que los halcones necesitan de nidos en lugares muy altos (las palomas toman cualquier cornisa a su alcance); crían a sus pichones en pareja (las palomas son pizpiretas); necesitan estar muy alejadas unas parejas de otras (las palomas viven hacinadas), todo lo cual limita su crecimiento excesivo.
Si es que todavía han sobrevivido esos halcones, también nos ofrecerían la ventaja de cazar la cantidad de roedores que campean a sus anchas en la plaza principal, sin ningún depredador a la vista. Tal vez alguien exprese el temor de que luego de dar cuenta de las miles de palomas (y roedores), estos halcones se devorarían a otras aves nativas y se enseñorarían de la plaza principal y alrededores, incluso atacando a seres humanos. Se nos dice que no hay tal peligro. Son aves cautelosas que no se acercarían a las personas ni a sus viviendas y restaurarían el equilibrio de la fauna. No se estaría haciendo otra cosa que dejar trabajar a la naturaleza.
Finalmente, el halcón, ave rapaz, es el animal totémico del apellido del célebre Felipe Guamán Poma de Ayala. ¡Salud por los Wamán y larga vida a los halcones! ¡Bienvenidos sean!
La autora es comunicadora social
Columnas de SONIA CASTRO ESCALANTE




















