El socialismo del siglo XXI ya no tiene quien le escriba
La demagogia, decía Abraham Lincoln, es la capacidad de vestir las ideas menores con palabras mayores.
La retórica, los gobernantes y las aguas, pasan. Los hechos y los cambios sustanciales en la historia de los países, dirigidos por líderes visionarios, quedan. Sus legados son avales para advertir la línea divisoria entre la solidez, la honestidad y la demagogia y los discursos populistas que tarde o temprano se doblarán para acomodarse en su estuche enmohecido y volver a dormir su sueño temporal.
Los ciclos políticos del oportunismo y la prebenda, así como desaparecen en la bruma del escándalo y la corrupción, se renuevan cada cierto tiempo. Confluyen, diría yo, tiempos y espacios en los que, abonados por una serie de desajustes socio-económico-estructurales renacen, brotan de la tierra como cigarras grotescas que cantan su hipnótica y estridente letanía.
Han pasado 15 años desde que el 30 de enero de 2005, el extinto comandante Hugo Chávez mencionara el término “socialismo del siglo XXI” en el V Foro Social Mundial realizado en Porto Alegre, Brasil. Desde entonces el carismático comandante se encargaba de propagar a los cuatro vientos los conceptos del socialismo revolucionario impulsados por su mentor temporal y posterior guía espiritual, el sociólogo alemán, Heinz Dieterich Steffan.
Chávez no solo se puso a la cabeza del pelotón, sino que apostó el futuro de su país por un cambio imperativo en los pilares resquebrajados de su socioeconomía producto de una serie de discordancias. Pero el sueño –¿o pesadilla?– de Chávez también era empujar a países como: Bolivia, Ecuador, Nicaragua y Argentina hacia una “revolución bolivariana” que tenía como etapa transitoria la denominada democracia revolucionaria.
No hagas lo que hago, haz lo que digo, le restregaba a diario el tirano al subordinado. Y en cierta forma resultó la fórmula de la única voz dando órdenes a diestra y siniestra. Recitando un discurso casi fundamentalista, eternamente teórico en tiempos de pragmatismo duro y puro. Chávez afianzó su palabrería y logró hacer creíble un discurso que traía y atraía el velo del engaño envuelto en pachulí embriagador.
¡Lincoln tenía razón!
En este presente, sin Chávez y sin su somnífera verba, el socialismo del siglo XXI agonizó y murió. Desencantó a los propios chavistas, a sus huestes que habrían dado la vida por su comandante a fuerza de sacrificar su hambre y sus aspiraciones. ¿Cambiar todo para que nada cambie? ¡Decir mucho y hartar de demagogia y de vacío a un pueblo que vaciaba sus esperanzas en un futuro que no llegó! Se quedó en el pasado, mejor, se pudrió en los esfuerzos frenéticos por alcanzar una estrella fugaz.
El pasado 2 de febrero, se habrían cumplido 21 años de gobierno chavista. Aun así, digo, si Chávez estuviese vivo, serían más de dos décadas de gestión caótica y nefasta sin un fin colectivo, libre y democrático.
El tristemente célebre socialismo del siglo XXI, jamás pudo cuajar como un proyecto viable en la Venezuela de Chávez, y en los países satélite donde se replicó la catástrofe.
El populismo es oportunista y casi siempre juega con las desdichas. Ofrece ungüentos milagrosos para todas las dolencias, al final, las pomadas terminan por ocasionar otros males ajenos a su “inicial eficacia”. Hambre, desolación, desempleo, miseria, represión, muerte y cárcel.
En Bolivia, acudimos a un Gobierno de prebenda, encabezado por el caudillo Evo Morales Ayma, corrupto y despilfarrador donde el señor dinero mandaba a decir y a hacer lo que le viniera en gana. Un Huicho Domínguez que alucinaba con su nueva pequeña riqueza y entonces había que comprar de todo: autos blindados, helicóptero, avión presidencial, nueva “casita del pueblo”, aeropuerto, estadios en medio de la nada, con público fantasma incluido, satélite, organizar eventos, proponer cumbres, mundiales de fútbol y otras vainas, reinados universales y cantar, cantar como la cigarra la dichosa vida y la buena racha.
¿Más kitsch y “populismo neoliberal” que eso? Que venga Goebbels y lo juzgue.
El socialismo del siglo XXI en Bolivia tenía una sola cara y un solo significado, Evo y capitalismo, respectivamente. Pero al mismo tiempo abrazaba un monopolio del Estado, donde el único accionista era el mandamás. ¡El Estado y el Gobierno, era él! ¡El supremo! ¡El insustituible! Pero cayó, como caen los peces gordos, haciendo ruido y abandonados.
En Ecuador, el presidente Rafael Correa azotaba con su más encarnizada correa a una libertad de prensa que no paraba cabeza. Las decisiones del tirano no se las discuten, se las acatan. Pese a eso, pudo, en honor a la verdad, salir de un círculo pantanoso y no precisamente porque se afianzó y dio resultado el socialismo del siglo XXI, sino porque también se benefició del buen momento de los mercados para vender sus materias primas, sus mentiras y la gran corrupción interconectada con los amigotes de UNASUR.
¡Fin de la fiesta en Argentina de los Kirchner!
En su libro, “Memorias del futuro”, el expresidente de España, Felipe Gonzáles, brinda una radiografía esplendida del mal que aqueja por años a Argentina: “El problema es, como era, ¿desde hace cuántas décadas?, político. Mejor dicho: Argentina tiene un problema POLÍTICO, con mayúsculas. Y seguirá siéndolo hasta que se defina el espacio público compartido, la res publica, como proyecto de todos para el siglo XXI, para encarar la era del conocimiento. El problema es de consenso básico, constitutivo, que decida que con las cosas de comer no se juega (…). Y Cristina Fernández de Kirchner, jugó. Dio lecciones claras de cómo joder un país en tiempo record. El ABC de esas preciadas fórmulas están anotadas en “los cuadernos de las coimas”.
En Venezuela, hoy, Nicolás Maduro se debate entre la insoportable levedad de ser un grandísimo idiota o un aprendiz de dictador, o ambas cosas al mismo tiempo. La marcha hacia la tierra prometida por Chávez ya se terminó. Hoy, ese socialismo del siglo XXI, que se agigantaba en la voz del comandante, ha quedado enterrado en una fosa común. Está sepultado por la inmensa podredumbre fabricada por sus mismos mesías que fueron enviados por encargo.
Venezuela tuvo que volver a descubrir que el maná era solo bíblico y que las palabras no alimentaban ni congelaban el tiempo. En este su presente histórico, Venezuela está en pos de volver a descubrir el agua tibia, la libertad, el bienestar y la democracia.
El 12 de abril de 2013, la BBC Mundo, publicó un artículo firmado por Juan Carlos Pérez Salazar, en el que el sociólogo Heinz Dieterich responde a una pregunta clave que, seguramente en este presente, le debe opacar el cerebro y curar de las predicciones.
¿Es posible mantener el modelo bolivariano sin Chávez?
“Sí, se va a mantener porque las mayorías lo quieren. Cualquier candidato, sea de izquierda, centro o derecha que no respete esa voluntad de las mayorías no tiene futuro en Venezuela.
"La gente (incluida, la clase media) se ha convencido de que es el mejor modelo que puede tener. Porque tienen ingreso... claro, la inflación es alta, pero el Estado les repone con los salarios mínimos. Es un Estado más o menos democrático donde se respetan hasta las derrotas electorales. El principal problema es la criminalidad, pero los votantes van a decir: ‘Maduro lo va a arreglar. Hay que darle una oportunidad".
Sobre Nicolás Maduro –a quien dice conocer bien– reflexiona que está evolucionando su propio perfil. Mantiene el patrón del Comandante, pero está ganando una estatura propia. Va a ser un buen presidente, sin las condiciones de un Chávez o un Fidel, pero lo va a ser porque el sistema está estructurado. Una catástrofe no va a haber".
Esa “nueva izquierda latinoamericana” que nació entre berrinches del socialismo del siglo XXI y que pereció por su propia inoperancia y su intrascendencia, no fue ni será jamás reformista y renovadora. Al contrario, siempre llevó y llevará el uniforme del caudillismo y la perpetuidad de ese “Gran hermano” que todo lo ve, lo controla y lo pudre. Ese afán de atornillarse a la silla para eternizar el discurso y la actitud maniqueístas se vio convertido en un holograma estalinista, donde ya no contaba el disenso y la alternancia, sino, el partido único como el alfa y el omega de toda acción y decisión.
El socialismo del siglo XXI se replegó a su negra, traicionera y doble cara histórica, esperando debajo de la mata florida, donde casi siempre está la culebra escondida.
¡El socialismo del siglo XXI ya no tiene quien le escriba, por el momento!
El autor es comunicador social
Columnas de RUDDY ORELLANA V.

















