Nuestros “viejos”
La pandemia exhibe la desigualdad frente a la enfermedad y la muerte. La presencia de ancianos abandonados en condiciones deplorables de salubridad y en situación de calle indica que las instituciones han resultado inútiles, dejando en la indefensión a quienes la sociedad les debe respeto y agradecimiento.
La sociedad tiende a menospreciar a los “viejos” y el virus ha establecido parámetros de evaluación inaceptables por el solo hecho de ser el segmento social más vulnerable al contagio.
Hay quienes creen en la necesidad de privilegiar a los jóvenes frente a los “viejos” que ya no contribuyen en igual medida; otros escogen entre la economía y los viejos; olvidan que éstos son cada vez más, que son parte del mercado y son cortejados como demandadores de mercancías. Otros inducen a su descarte para reducir la curva ascendente de los contagios virus y la carga sobre la infraestructura sanitaria. El riesgo es que los defensores de la economía no tardarán en enlistar también a otros seres humanos como desechables, de los que dicen se puede “prescindir” en provecho del bien común.
Los ancianos tienen, de principio, desafíos cotidianos: combatir la soledad, el hambre y la incomprensión. La asignación de recursos presupuestarios o sanitarios por criterios de edad o dependencia vulnera principios básicos que atropellan la dignidad de los abuelos que, súbitamente ven amenazada su esperanza de vida, la pregunta es ¿Quién es alguien para decidir quién debe vivir y quién morir?
¿Cómo cambiar este paradigma? Poniendo en marcha una estrategia de prevención, asistencia y curacion en el sistema nacional de salud, afianzada y respaldada con medidas presupuestarias y sanitarias concretas.
Hoy, los servicios asistenciales para personas mayores son escasos o inexistentes. Faltan servicios públicos, como centros de alimentación, distracción, o residencias para personas mayores; falta especialización en los profesionales sociosanitarios para su cuidado; faltan especialistas para ayudarles a envejecer; se carece de servicios a domicilio para ellos; muchos son analfabetos digitales o no tienen acceso a Internet para utilizar el correo electrónico y el teléfono, especialmente en el área rural; ignoran como utilizar la telemedicina.
La banca y los seguros de vejez deben gestionar mejor la atención de pensionistas; debe exceptuárseles demostrar su vivencia física por un tiempo, evitar que los fondos privados de pensión favorezcan solo a las rentas altas, pues los “viejos”, carecen de opciones de ahorro; crear una renta básica universal que se asigne a todos los ciudadanos, simplemente por serlo y no por sus competencias o logros laborales.
En resumen, falta gestión, falta política. Esta situación solo se revierte a través del compromiso y voluntad política.
El autor es abogado constitucionalista, Torresarmas1@hotmail.com
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