Para “gauchos” masistas

Columna
Publicado el 31/08/2020

Desde la reconquista de la democracia en Bolivia (1982), hasta 2003, varios gobiernos fueron elegidos por voto popular. Era un sistema donde las negociaciones parlamentarias respetaban las reglas de la Constitución Política del Estado que prohibía, dato importante, la reelección. En octubre de 2003, una revuelta de mineros, cocaleros y gente de El Alto (el denominado Estado Mayor del pueblo) obliga a renunciar a Gonzalo Sánchez de Lozada con el pretexto de que estaba “regalando” el gas a Chile. Nadie dijo que se trataba de un golpe de Estado.

El 2005 Evo Morales, líder cocalero disfrazado de “indio” (no habla ninguna lengua indígena), gana las elecciones e inaugura un largo gobierno populista. La sigla con la que llegó al poder, MAS (Movimiento al Socialismo), no le pertenece. Es un vestigio del partido de Óscar Únzaga de la Vega, Falange Socialista Boliviana, asociado a la extrema derecha con influencias nazis. Los cocaleros compraron la sigla (originalmente MAS-U) de David Áñez Pedraza, y la readecuaron a sus intereses eliminando la “U” (de Únzaga), para librarse de su pasado falangista.

Una de las medidas centrales de Morales fue cambiar la CPE de acuerdo a sus intereses personales. La nueva Constitución norma que el presidente puede “ser reelecto por una sola vez de manera continua”. En 2009, Morales accede al poder por segunda y, de acuerdo a la nueva ley, por última vez. En una primera reacción, el dirigente cocalero –nunca abandonó sus funciones sindicales–, anunció que no postularía a la presidencia en 2014 (hay videos que lo documentan). Pero, por el “pedido del pueblo”, cambia de opinión y bajo la argucia de que, aprobada la nueva Constitución, Bolivia se refund(i)ó de República a Estado Plurinacional, candidatea en las elecciones de 2014 y gana la presidencia por tercera vez, violando su propia Constitución. Total: lo importante era ganar sin importar cómo. Bolivia era un “nuevo” país donde la mentira se confundía con la verdad.

En 2016, ebrio de poder, convoca a un referéndum (21 de febrero) para modificar la ley de leyes y ser, de nuevo, candidato presidencial en 2019. Al igual que un cocainero dictador militar de los 80 su argumento fue, otra vez, “el pueblo me lo pide”. Los bolivianos, ni tontos ni perversos, dijeron No y rechazaron la reforma constitucional con el 51,3% de los votos. Morales, reconociendo su derrota, prometió cumplir la voluntad popular. Su ambición, sin embargo, pudo más que su respeto a las leyes. Con el pretexto de que “ganó la mentira” porque le “inventaron” un hijo con una menor de edad (Gabriela Zapata, ahora en prisión por enriquecimiento ilícito), usó un "atajo “legal” para apuñalar a la democracia. En noviembre de 2017, el Tribunal Constitucional (Virginia Andrade, Zenón Bacarreza, Mirtha Camacho, Macario Lahor Cortez, Ruddy Flores y Osvaldo Valencia), siguiendo instrucciones del MAS, dictamina que los resultados del referéndum y la CPE violan el “derecho humano” de Evo Morales al impedirle una nueva postulación.

Lo que los “gauchos” masistas deben entender (los argentinos lo saben) es que, por encima de la Constitución de Bolivia, diseñada por el MAS, y de un referéndum vinculante, se habilitó de forma vergonzosa la cuarta e ilegal postulación del dúo de los nazis criollos. En 14 años el “proceso de cambio” fue incapaz de cambiar a sus propios candidatos presidenciales. Hay MAS sorpresas. Contra todo pronóstico Evo Morales no pudo ganar las elecciones de 2019 en primera vuelta y recurrió al fraude. Al haberse computado el 83% de los votos, la diferencia entre Evo Morales y Carlos Mesa era de siete puntos (menos de los 10 requeridos para ganar en primera vuelta), por lo que debería llamarse al balotaje donde todas las encuestas daban por perdedor a Morales. El escrutinio fue suspendido por 20 horas sin ninguna explicación y, cuando se reanudó, por obra de magia, Morales alcanzaba la diferencia de 10,1% que evitaba la segunda vuelta.

El pueblo reaccionó indignado. Las mentiras –el discurso del MAS cuando pierde– no fueron necesarias. Bolivia estaba tan mal que lo malo era normal y el “proceso de cambio”, un cadáver en descomposición: hedía. La protesta pacífica fue nacional y diversa. Despertaron las áreas rurales y verdaderos indígenas reprocharon al impostor el ama sua, ama llulla, ama qhella incaico (no seas ladrón, no seas mentiroso, no seas perezoso).

La movilización popular superó a la de cualquier revolución. Jóvenes, mujeres y niños armados de sayas, banderas y pititas salieron a defender principios democráticos y éticos ante la corrupción convertida en política de Estado. Morales no tenía opción. Incluso la Central Obrera Boliviana y las FFAA, cooptadas por el MAS, pidieron y sugirieron (en ese orden) su renuncia. La OEA llegó tarde denunciando el fraude.

Evo Morales escapó (“delincuente confeso” en su propia interpretación) y, en el exilio, hizo circular la teoría del golpe de Estado. Curioso. El 24 de noviembre de 2019 el Parlamento de Bolivia, donde más de dos tercios pertenecen al MAS, aprobó por unanimidad anular las elecciones para posibilitar la realización de nuevos comicios. El comandante de las FFAA de entonces, Williams Kaliman, enfrenta un juicio por incumplimiento de deberes. ¿Golpe de Estado? Razonamiento grotesco.

Evo Morales, el presidente “genio”, el “regalo de Dios”, el “guía espiritual de la humanidad” afronta, ahora, un proceso por estupro y numerosas denuncias por violación sexual a menores de edad. Todo esto, dirá el zurdaje internacional (no la izquierda decente), es una confabulación de la derecha, de los “vende patria”, de la prensa sensacionalista o, incluso, de Wikipedia: “Los medios de comunicación han destacado y ampliado algunos errores cometidos por Evo Morales en sus discursos, entre ellos la afirmación de que los indígenas de la meseta altiplánica habían luchado contra el imperio romano”.

Los argentinos, comprendiendo las limitaciones intelectuales de Evo Morales, tienen que preguntarse si es ético ofrecerle asilo (y protección), porque los “gauchos” masistas y los “mazis” bolivianos, siguen creyendo que el primer “presidente indio” les “devolvió la dignidad”, ¿cuándo la perdieron? Lo triste, para los que creemos en otra izquierda, es que este personaje “indio”, tan auténtico como un caníbal vegetariano, sólo existe en el imaginario de aquellos que no quieren despertar. Vale.

 

El autor es economista y filósofo

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