La ingratitud y la traición
A la víbora se le tiene temor y aprehensión porque este ofidio arrastrándose por el suelo arteramente puede clavar sus colmillos en el cuerpo de su víctima inoculando su veneno mortal, aunque hasta en este reptil existen algunas variedades con muestras de nobleza al advertir su presencia haciendo sonar su cola como un cascabel.
En ocasiones el humano también se rebaja al nivel del reptil rastrero cuando despreciable y silenciosamente clava una puñalada por la espalda a su amigo, a uno de sus seres queridos de su propia familia o a alguien que le tendió la mano alguna vez.
Se dan casos en los que el hombre o la mujer se arrastran por el suelo, se consumen en glorias y alabanzas ante quien en momentos difíciles les ayudó. Las adulaciones al buen hechor no tienen límites, se lo halaga multifacéticamente, se le dice “padre”, “amigo del alma”, “padrino” e infinidad de lisonjas. El adulón le prepara fiestas en su homenaje, para su cumpleaños o por el más mínimo pretexto con tal de que le sirva en cuanto un nuevo favor le pida.
Pero cuando el “amigo del alma” o el “padrino”, ya no le sirve e inclusive su amistad con éste le obstruye el camino de la conveniencia egoísta, corta relaciones con éste o adopta distancias “prudentes” con su ex benefactor, lo niega y hasta dice no conocerle más que de pasada, pero si sus condiciones de arribista así lo exigen, exactamente como el reptil clava sus colmillos venenosos en el alma del que antes fue en su ayuda y lo hace sigilosamente, a traición y cuando su desvergüenza no tiene límites inocula su veneno de frente con la ferocidad y cobardía propia de la fétida hiena.
Aquí ya no hay más “padrino” que valga a su conveniencia, su ambición está por encima de todo, nada supera a su abominable traición, la ingratitud aparece con toda su repugnancia y se dice que éstos son los judas de nuestro tiempo.
Durante el Imperio romano, Julio César adoptó como hijo a Bruto a quien le llenó de privilegios convirtiéndolo en un hombre rico. Luego Bruto pasó a las filas enemigas de su padre adoptivo, pero fue derrotado y Julio César con amor ilimitado ordenó a sus oficiales respetaran la vida de Bruto y perdonó su traición, además le llenó de privilegios, le concedió cargos de enorme jerarquía, lo nombró pretor urbano, máxima autoridad judicial en Roma, por encima de otros que tenían mayores méritos incurriendo por cariño en horrible favoritismo. Sin embargo Bruto participó en la conspiración para matar a Julio César y fue uno de los que clavaron 23 puñaladas contra su padre adoptivo habiendo Julio César pronunciado las célebres palabras “Tú también, hijo mío”.
Esta “propiedad humana” no es conocida en el resto de los animales. Los que en algún momento hemos participado de la vida política, de la judicatura y de la academia sabemos sobradamente lo que es ser mordido en la mano olvidando por completo los favores brindados a los “Brutos” y “brutas” de nuestro tiempo, aún tenemos cicatrices de esas mordeduras.
Pero seguramente una de las felonías más repugnantes es la traición a la patria, esta última palabra alejada del chauvinismo, como cuando se le promete una cosa al pueblo y se hace todo lo contrario, cuando se entregan los recursos naturales del país a poderes extranjeros, cuando se promete al pueblo una mejor forma de vida y por el contrario se le roba, se le miente, se le empobrece, se le encarcela y todo simplemente para llenar los bolsillos personales en la función pública. En fin, los tipos y circunstancias de la traición y de la ingratitud parece que son interminables en nuestra civilización.
Columnas de GONZALO PEÑARANDA TAIDA


















