Frutos de la tierra
Todo tiene su temple y su tiempo —me repitió ayer por teléfono mi madre, refiriéndose a que en estos días no hay choclo en mi pueblo—.
Está desolada. Mi madre dice que los labriegos del pueblo, los que aún tienen tierras para cultivar, tras las primeras lluvias de mediados de año, sembraron con gusto maíz, yuca, frejol, sandías, zapallos... las semillitas brotaron. Pero luego transcurrieron una, dos, tres, ¡cuatro semanas!... y las lluvias no volvieron.
Dice ella que las nubes negras se amontonaban por detrás del cerro o se apilaban amenazantes por la parte que topa los linderos de la Amazonía brasileña, pero nada, no llovía.
A veces, un relámpago solitario rasgaba el cielo y hacía tronar el pueblo. Las esperanzas renacían y todos miraban el cielo, sonriendo, porque era señal de que llegarían pronto los tremendos aguaceros. Pero nada. Bastaba un vientecillo para barrer las pardas nubes y llevárselas quién sabe adónde.
Después fue peor. Vino con más rigor el calor de agosto y quemó todo lo que los labriegos habían plantado con fe debajo de la tierra. “Por eso ahora no hay choclo ni nada, mijo”, lamenta mi madre en tono triste.
Aparte de que todo se pone verde: los mangos, las toronjas, las guayabas, los tureres, los motoyoeses, las chirimoyas, los pachíos… y todos los alrededores del pueblo, mi madre me preparaba pastel de choclo, para celebrar mi San Roque. Ella fue quien me dijo un día: “Saborealo bien, mijo, que algún día no habrá choclo ni nada para comer”. ¡Cuánto sabían… cuánto presentían nuestros viejos de antes! “Esto del cambio climático había sido cosa seria”, se queja ahora mi madre, aclarando que lo escuchó en la radio.
Yo no acierto a responderle nada, la garganta se me hace un nudo. Siento que somos la generación más frívola de la humanidad, ésta que está acabando con todos los choclos, los frejoles, las sandías y, sobre todo, la dicha de comer los frutos de la tierra.
El autor es periodista
Columnas de Luzgardo Muruá

















