Por si acaso…

Columna
EN VOZ ALTA
Publicado el 18/05/2025

Las añoranzas del pasado son llanto sobre el difunto, pero es inevitable caer en la tentación de tenerlas. Tal vez pueden ser un acicate para buscar,  a futuro, los caminos de mejoramiento de la situación, política en este caso y en este tiempo preelectoral.

El espectáculo que muestran los políticos es fantástico. En sentido literal. Radicalmente distinto al que se apreciaba en las elecciones celebradas en la República de Bolivia desde la década de los años ochenta hasta la emergencia del pluriestado. Sí, en esas elecciones actuaban los sujetos de la política en sentido propio, según las características del quehacer humano en este ámbito.

Esos sujetos eran los partidos. Con existencia jurídica plena acreditada, con una sigla que los habilitaba para terciar en elecciones, cumpliendo requisitos legales: actas de fundación, declaración de principios y estatutos cuyo contenido daba el marco ideológico que los distinguía, identificados por los símbolos elegidos, y militancia efectiva. No se reducían a clanes, círculos de compadrazgo y amistades.

Con todas sus debilidades, eran reales y correspondían a la naturaleza de la política. Decidían a sus candidatos entre sus militantes, que eran bastantes, pudiendo darse el lujo de escoger. Asimismo, eran mucho más que un número. Unidos por su común forma de ver el mundo y cómo mejorarlo, por su historia de acción política, por la admiración y la lealtad a sus líderes, formaban una entidad con estructura.

En ese camino eran muchos los aspirantes a ser incluidos en las listas y se daba una lucha interna encarnizada, con todos los medios disponibles. Honorables y no tanto. Las simpatías y agradecimientos jugaban su papel. Las antipatías y resentimiento también. Incluso se rumoreaba de dinero corriendo por debajo. Seguro que sí. Es el lado oscuro de la política. Y lo cierto es que muchos militantes, que de lejos cumplían a cabalidad el perfil para desempeñarse en funciones legislativas y ejecutivas, quedaban relegados por otros, menos competentes, favorecidos por la influencia.

Sin embargo, al final de cuentas, cuando las listas ya se habían presentado, prevalecía el espíritu de cuerpo y la militancia cerraba filas alrededor de sus candidatos, entregándose alma, vida y corazón a la campaña. Como decía hace unos días un abogado joven que desde temprano formó parte de uno de los partidos históricos, habiendo participado por tal razón en varias contiendas electorales, nunca hubo acusaciones y diatribas públicas que pusieran en riesgo las posibilidades de victoria del partido. Los trapos se lavaban en casa y la desilusión de los aspirantes frustrados se tragaba en silencio. Con decencia.

A veces invitaban a algún independiente a ser parte de sus listas para formar el binomio en calidad de candidato a la vicepresidencia y/o a senadurías y diputaciones, considerando su aporte al logro de mayor votación por sus cualidades y prestigio. Incluso por su dinero para garantizar una inyección importante de recursos financieros a las múltiples y costosas acciones de propaganda electoral.

En cualquier caso, el invitado se adhería al proyecto del partido, asumiendo un compromiso ético de respetarlo, cargándose con un deber de lealtad hacia esa organización que le daba la oportunidad de participar. Esto cambió con la novedad de las diputaciones uninominales: cada quien se hacía cargo de su campaña y, una vez elegido, hacia lo que quería con esa fracción de poder. Mala cosa.

Luego llegó el “proceso de cambio”. El mismo que, cual Midas inverso, todo lo que tocó lo volvió escoria: saqueó sin misericordia los recursos naturales para malgastar y embolsillarse los frutos, violó a la madre tierra cual pedófilo incontinente viola niñas y niños: hurtó y robó el patrimonio público a manos llenas, echó fuera del servicio público a la competencia y la moral asegurando la improvisación y la corrupción… en fin, lo pervirtió todo.

La política no se salvó. Era una de las prioridades en la estrategia socialista del siglo XXI pervertirla para asegurarse la reproducirse en el poder. Tirar abajo el sistema de partidos, deformando la esencia de la democracia. La tarea no iba a ser difícil, pues había una tela larga para cortar con ese propósito: la inconducta de muchos dirigentes y militantes, en función pública o no. Y se logró. Los partidos fueron el blanco de ataques despiadados hasta, en muchos casos, desaparecerlos. Los despojos que quedan son siglas sin militancia de verdad, prohijadas por el poder con la finalidad de dividir. Se prestan y se alquilan; a cambio, sus dueños se garantizan espacios de poder y contratos. Buen negocio, ilegal e inmoral.

Se ha llegado al extremo que ahora salta a la vista: las elecciones se han convertido en el boleto de acceso al enriquecimiento fácil. Eso es lo que les importa, no el país ni la democracia. Para satisfacer tal apetito usan a la ciudadanía. En conclusión, la política ha sido privatizada. Es hora de comenzar a trabajar para devolverle su esencia pública.

 

La autora es abogada

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