Política en crisis: El desencanto con las viejas ideologías
Para los clásicos sofistas del siglo de oro en la antigua Grecia, saber ejercitar el doble discurso consistía en hacerse expertos en el arte de la confusión, la contradicción y el relativismo de los hechos y el conocimiento. Protágoras, acaso uno de los sofistas más prominentes, insistía con que siempre era posible elogiar y reprochar a una misma persona sobre un idéntico hecho en que ese individuo estuviera cuestionado sin que pasará mucho tiempo entre ambas acciones, si se lograba esto con éxito, entonces ya se estaba preparado para ejercer la política. La ejecución efectiva de un doble discurso, determinaba, pues, el arte de hacer política y de embaucar con mayor o menor virtud a una persona o un grupo de personas.
La demagogia, decía Abraham Lincoln, es la capacidad de vestir las ideas menores con palabras mayores.
La retórica, los gobernantes y las aguas, pasan, las transformaciones sustanciales en un país, a la cabeza de líderes visionarios, quedan. Sus legados son avales para advertir la línea divisoria entre la honestidad y la demagogia, y los discursos populistas que tarde o temprano se doblarán para acomodarse en el estuche del tiempo y volver a dormir su sueño temporal.
Macondo, en Cien años de Soledad, o Comala, en Pedro Páramo. En el primero, un universo desconocido con costumbres disfuncionales, en el segundo, la búsqueda de un paraíso y, sin embargo, el encuentro de un purgatorio.
En ambas joyas literarias, está omnipresente un sentimiento tormentoso que en estos tiempos se reafirma más que nunca, producto del descontento y de los vacíos que experimentan las sociedades: la soledad y la desesperanza.
Bolivia heroica y estafada. Su historia política está llena de despilfarros y pillerías. Su destino marca el tránsito ubicuo de circos y magos, saltimbanquis y maestros en imanes. Atrapan y no sueltan hasta agotar las energías.
¿Cuál es la diferencia entre izquierda y derecha en estos tiempos, oráculo? ¡Ninguna! Los conceptos de una y de otra ya quedaron sepultados por las inconsecuencias de sus líderes.
De la izquierda en Bolivia, hoy solo queda la nostalgia de que en una época sirvió para afianzar las conciencias extraviadas y hacer latir más fuerte los rojos corazones. Todo lo demás se convirtió en demagogia, impostura, corrupción y venganza.
Ahora, su afán de poder y de dominio no tiene límites, les da lo mismo prevaricar que estafar. Todo, bajo el signo del cambio. La izquierda como alternativa real e histórica languidece y muchos ya lamentan su muerte o, cuando menos, sufren con su desgaste total producto de desajustes, dando origen, como una inevitable consecuencia a la posible muerte de la política misma. El pensamiento de izquierdas con los planteamientos del marxismo como núcleo articulador se ha derrumbado como una montaña de arena.
...El poder, el trono. El trono o el pueblo, al fin y al cabo, el trono lo quiero para posarme sobre él, y satisfacer mis deseos, los más sublimes y los más perversos, en cambio al pueblo lo quiero para .... caramba, ¡qué coincidencia! (Les Luthiers)
Hoy, hacer política ya no responde a derechas ni izquierdas, debe responder a un pragmatismo puro, efectivo y que aporte soluciones reales sin teñir de colores. ¿No importa el color del gato con tal que cace ratones? Puede ser, pero qué se hace cuando se dice que la política misma está acabada. La debacle de la izquierda es un grabe síntoma de la crisis por la que está atravesando el sistema democrático.
De la derecha, aún queda el suave murmullo de quienes se hicieron ricos y sabrosos. Laten sus corazones en pos de retornar “La silla del águila”, rememorando la gran novela de Carlos Fuentes. "La fortuna política es un largo orgasmo, querido. El éxito tiene que ser mediato y lento en llegar parar ser duradero. Un largo orgasmo, querido".
¿Derecha o izquierda? Al final de cuentas esos son recursos de los consumistas y demagogos, respectivamente. Lo que de verdad cuenta es que los gobiernos demuestren resultados efectivos: menos desigualdades y mayor aproximación al estado de bienestar.
Menos índices de pobreza y postergación. Más educación y salud y menos ignorancia. Democracia y participación, unidos a las leyes, garantizando la vía y la vida libres.
En Bolivia, “el Gobierno de todos y para todos” fue el inicio del cuento.
¿“Culitos blancos” y originarios alimentados con el mismo seno de la madre tierra. Sin distinciones, sin discriminaciones y sin preferencias
El argumento del cuento también garantizaba la libertad al disenso y al debate político. La alternancia en el Gobierno y el fortalecimiento de la democracia a través de la participación de fuerzas políticas que sumaran propuestas y no dividieran, eran vientos de cambio que afianzaban la fe perdida.
La dialéctica como método de consenso y avance hacia esa paridad de ideas y conclusiones, era otro magnífico deseo que desgraciadamente nació escuálido y murió. Hoy, todo eso es nada.
¿Respeto a la naturaleza y a la tierra? ¿Respeto a los que habitan sus espacios nativos y su modo de vida? ¿Reverencia a los bosques, a la biodiversidad?
Decir y hacer. Todo queda en cuento. La historia del TIPNIS y la Chiquitania erosionó (a) el discurso no oficial del Gobierno masista de 20 años y más. Desmanteló todo argumento en pro del respeto por los pueblos indígenas y sus costumbres.
“A los hombres sin esperanzas es fácil de controlar y quien tiene el control, tiene el poder” (La historia interminable" de Michael Ende).
O cuando se esfuman las ideas, las alternativas desaparecen. Este gobierno por encargo que se ufana de ser de izquierda, ha ingresado, desde hace mucho tiempo, a un proceso de inoperancia y mediocridad voluntario que, pese a estar en el poder, no sabe qué hacer con él. Evidentemente hay un gran vacío ideológico que rebota el eco de la ineficiencia. Hay un afán peligroso de allanar el camino de regreso a las oscuras golondrinas del jefazo. Ese silencio es peligroso, más letal que un dictador en ciernes.
¿Derecha o izquierda, oráculo? Mejor, democracia y efectividad administrativa. Justicia y libertad.
La incongruencia, la desvergüenza y la injusticia campean en esta coyuntura. La obediencia al jefazo de sus actuales gobernantes, poderes e instituciones es impresionante.
Es el reino del revés, de María Elena Walsh, donde “un ladrón es vigilante y otro es juez y que dos y dos son tres”.
El autor es comunicador social
Columnas de RUDDY ORELLANA V.

















