El socialismo después del socialismo
Dictando la cátedra de Teorías del Estado, afirmé en cierta ocasión que lo más complejo de un régimen socialista, era lo que venía después.
Es esta una de las diferencias notorias entre los regímenes de izquierda y los de derecha, porque en común pueden tener varias falencias que van desde los atentados a ciertas libertades hasta sobrepasar por alto distintos tipos de políticas.
Pero, es distinto, normalmente, el régimen económico que queda. Los regímenes de derecha, suelen dejar bases económicas más sólidas que los de la izquierda, y esta diferencia radica en la propia arquitectura de la riqueza.
El modelo socialista, basado en la planificación centralizada y la supresión de la propiedad privada de los grandes medios de producción, destruye el sistema de precios como mecanismo de asignación de recursos. Es una demolición que va más allá de un simple mal manejo fiscal.
El economista austriaco Friedrich A. Hayek, en su crítica atemporal a la planificación, ya advertía que ninguna mente o comité central podría procesar jamás la inmensa y dispersa información económica que el mercado libre comunica espontáneamente a través de los precios. Cuando estos regímenes caen o se agotan, lo que queda no es una economía capitalista mal administrada, sino un vacío institucional y una infraestructura industrial disfuncional.
Esta tesis es el eco de los grandes movimientos históricos del siglo XX. Pensemos en el colapso de la Unión Soviética y el bloque del Este a principios de los años 90. Países como Polonia y Rusia se enfrentaron a la hercúlea tarea de construir un mercado capitalista casi desde cero, con fábricas estatales obsoletas, sin un sistema bancario funcional ni instituciones legales sólidas que protegieran la propiedad privada.
Fue la dolorosa "terapia de choque", un proceso que –como el Nobel de Economía Joseph Stiglitz señaló en sus críticas a la forma en que se manejó la privatización rusa– a menudo degeneró en la creación de una nueva cleptocracia en lugar de una genuina economía de mercado.
El legado no fue la pobreza, sino la falta de los cimientos para generar riqueza descentralizada. Contrastemos esto, por ejemplo, con la transición de regímenes autoritarios de derecha, como el caso de Chile post Pinochet, que, si bien dejó un aparato social desigual y controvertido, mantuvo una economía abierta y funcional basada en la propiedad privada y la reducida deuda, facilitando la transición democrática y su crecimiento posterior. El desafío allí fue la redistribución, mientras que en el postsocialismo la tarea es la reconstrucción fundacional.
Y esta es la encrucijada que se vuelve tan relevante hoy para nuestra región y de forma particular para Bolivia. Tras años de un modelo económico estatista y redistributivo, beneficiado por un boom de precios de las materias primas, el país ahora enfrenta el desafío del "día después".
El mal llamado modelo económico ha dejado un Estado sobredimensionado, una dependencia crónica de la renta extractiva y, lo más preocupante, un insostenible sistema de subsidios (particularmente a los combustibles) que drena las reservas y estrangula el crecimiento.
El debate actual en Bolivia ya no se centra solo en la justicia social, sino en la sostenibilidad económica del modelo que se ha construido. La falta de dólares, el incremento del déficit fiscal y la restricción a la inversión privada son síntomas claros de que el andamiaje económico centralizado, una vez agotada la bonanza, no ha logrado generar una estructura productiva diversificada y sólida capaz de sostener el desarrollo.
El verdadero costo del socialismo no se mide solo en la estatización, sino en la inercia y la rigidez que impone a la economía cuando las condiciones cambian. El desafío boliviano de hoy es, en esencia, la versión contemporánea de aquella vieja lección de Teorías del Estado: Lo más difícil de un régimen socialista, es lo que viene después.
El autor es escritor, ronniepierola.blogspot.com
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