Bolivia al final de 2025: Entre la memoria y el cansancio
¡El 2025 en Bolivia no se deja capturar con facilidad!
Fue un año de rupturas espectaculares y de consensos fundamentales. El motor del masismo, fundido por su uso y abuso, dejó de funcionar y pasó a la posteridad como el más nefasto e irrepetible de nuestra historia.
El 2025 fue un tiempo de sedimentación: de tensiones acumuladas, de palabras entremezcladas, de gestos que se repitieron hasta volverse rituales macabros.
En ese espesor, Bolivia volvió a mirarse en el espejo de su propia historia, ese espejo que —como advertía el poeta Octavio Paz— nunca es inocente, porque “la historia es el producto más peligroso que la química del intelecto haya elaborado”. Peligroso, sí: porque puede servir tanto para comprender como para justificar; tanto para abrir como para clausurar.
El año dejó la sensación de un país que avanza con el freno de mano puesto: lento, tedioso y a cuestas. Avanza con las promesas de 20 años: sin contenido —crecimiento invisible, inclusión hipócrita, estabilidad flotante— que conviven con una fatiga cívica que no es solo económica o política, sino moral. Se habla mucho y se escucha poco. Las consignas se repiten como oraciones aprendidas de memoria, y la discusión pública se parece a un eco: todos responden, nadie pregunta. En ese clima, la política deja de ser proyecto y se vuelve administración del conflicto, un arte de sobrevivir al día siguiente.
Pero Bolivia no es solo el ruido del presente. Es también una reserva de silencios, de prácticas comunitarias, de temporalidades que no encajan en la urgencia mediática. En 2025, esa dualidad se hizo más visible: un país urbano, crispado, ansioso por resultados inmediatos, y otro país —rural, popular, indígena, que continúa esperando, así como esa Nación Clandestina, oculta y diezmada en su esencia profundamente milenaria, que mira de sesgo su propio destino— que mide el tiempo de otra manera, donde el futuro no es una herencia que se cuida, sino una promesa eternamente postergada.
La fricción entre ambos no es nueva, pero este año pareció más desnuda, menos dispuesta a ocultarse bajo el lenguaje de la conciliación.
Aquí conviene escuchar a Octavio Paz cuando escribe sobre la soledad como condición histórica de América Latina: no una soledad íntima, sino una separación profunda entre lo que decimos ser y lo que efectivamente somos. Bolivia 2025 exhibe esa grieta: un pretencioso discurso de unidad de hace 20 años que convive con prácticas de exclusión; una retórica de cambio sostenida por miedos antiguos. La modernidad se invoca, pero la desconfianza gobierna.
El escritor chileno Roberto Bolaño, desde otra orilla, nos recuerda que toda época se delata por sus obsesiones y por sus silencios. “La literatura es un oficio peligroso”, decía, porque obliga a mirar donde no queremos. Si aplicamos esa mirada a 2025, el peligro no está solo en lo que se hizo mal, sino en lo que se dejó de imaginar. Soñar se volvió sospechoso; la utopía, un objeto de burla o de nostalgia. Y, sin embargo, como escribió el propio Bolaño, “soñábamos con utopía y nos despertamos gritando”: el grito persiste, aunque ya no sepamos bien qué nombre darle.
Lo que deja 2025 en Bolivia es, entonces, una pregunta más que una respuesta: ¿cómo recomponer el vínculo entre memoria y porvenir sin quedar atrapados en ninguno? La memoria, cuando se absolutiza, se vuelve dogma; el porvenir, cuando se vacía de contenido, se transforma en miedo. Entre ambos extremos, la sociedad boliviana parece buscar un lenguaje nuevo, menos épico y más honesto, menos grandilocuente y más responsable y cotidiano.
Tal vez el aprendizaje más importante de este año que se va sea ese: no hay salida sin autocrítica, ni esperanza sin imaginación. Octavio Paz insistía en que la crítica es una forma de amor exigente; Bolaño, en que escribir —y vivir— implica aceptar la intemperie.
Bolivia en 2025 quedó suspendida en esa intemperie: vulnerable, contradictoria, pero aún abierta. No es poco. En tiempos de cinismo político, seguir abiertos ya es una forma modesta, pero real, de resistencia.
Las elecciones generales de 2025 funcionaron como un umbral. No tanto por la novedad de sus resultados, aunque sí lo fue, sino por el cansancio que las precedió. El acto de votar —ese rito republicano que en Bolivia ha sido tantas veces promesa y tantas veces desilusión— se vivió más como una necesidad defensiva que como una fiesta democrática. Se votó para evitar el vacío, la permanencia de la “Nada” y de los victimarios, para contener el abismo, no necesariamente para inaugurar una esperanza clara.
En ese contexto emergió el Gobierno de Rodrigo Paz como signo de transición. Más que una ruptura tajante, su llegada expresa el deseo ambiguo de un país que busca moderación sin resignación, cambio sin salto al vacío. Paz hereda un Estado destruido y prostituido; instituciones erosionadas y una sociedad escéptica, donde la palabra “proyecto” ha perdido densidad y la idea de futuro se encuentra en disputa. El reto no es solo gobernar, sino volver a significar el poder en un país que ha aprendido a desconfiar de él. El reto también está en restituirle los sueños y la confianza a una sociedad que estuvo secuestrada por 20 años.
Octavio Paz advertía que las sociedades que no revisan críticamente su pasado terminan repitiéndolo como farsa o como condena. El nuevo ciclo político enfrenta esa paradoja: necesita dialogar con la memoria sin quedar prisionero de ella. Bolivia no puede vivir eternamente administrando sus heridas ni relamiéndolas, pero tampoco puede fingir que no existen. Gobernar, en 2026, implica decidir qué recordar, qué transformar y qué dejar ir.
Los desafíos son múltiples: recomponer la confianza entre Estado y ciudadanía, redefinir el modelo económico sin sacrificar cohesión social, y, sobre todo, reconstruir un lenguaje común. Porque lo que más se ha deteriorado no es solo la economía o la institucionalidad, sino la capacidad de decir “nosotros” sin que suene impostado. Aquí, la política tendrá que volver a ser una tarea ética antes que técnica.
Bolaño sostenía que toda generación está marcada por una pregunta que no sabe responder del todo. Para la Bolivia que inicia este nuevo año 2026, la pregunta parece ser: ¿cómo vivir después del desencanto sin convertirlo en cinismo?
El Gobierno de Rodrigo Paz se tendrá que mover en esa frontera delicada, donde cada decisión puede ser leída como continuidad disfrazada o como intento genuino de recomposición.
Así, lo que deja 2025 no es una conclusión, sino una apertura incierta. Bolivia entra en una nueva etapa donde ya no basta con resistir ni con administrar el pasado: se vuelve urgente imaginar sin ingenuidad y gobernar sin soberbia. En la intemperie de ese intento —como diría Bolaño— se juega no solo el destino de un gobierno, sino la posibilidad de que el país vuelva a pensarse a sí mismo sin miedo.
El autor es comunicador social
Columnas de RUDDY ORELLANA V.

















