Trump es el logotipo, China el producto
Hace unas semanas publiqué, en esta misma columna, un artículo sobre la pulseada que Donald Trump ha emprendido contra China, con la firme intención de sacar de escena al gigante asiático y, mediante maniobras políticas de dudosa intención y procedencia, lograr que Latinoamérica se incline nuevamente hacia el país del norte, dejando de lado su “romance comercial” de más de dos décadas con el sello “Made in China”. Sustituir el “Xièxiè” Xi Jinping, por el “Thank you”, Mr. Trump.
“Oh my God!”
A continuación, no solo corroboro esas ideas, sino que las amplio y diversifico aún más.
La célebre idea de “cambiar todo para que no cambie nada” describe con precisión la dinámica histórica de las relaciones entre Estados Unidos y América Latina. A lo largo de décadas, Washington ha anunciado giros estratégicos, reformas económicas y nuevos enfoques hacia la región.
Sin embargo, en esencia, muchas de estas transformaciones han sido superficiales, incapaces de alterar la lógica estructural de poder, dependencia y desconfianza. En el contexto actual, esta paradoja se vuelve aún más evidente frente al ascenso de China como actor clave en Latinoamérica y al retorno de una política estadounidense marcada por el personalismo y la confrontación.
Las políticas económicas de Estados Unidos hacia América Latina, por sí solas, no bastan. Los tratados comerciales, los incentivos a la inversión o las promesas de desarrollo carecen de efectividad si no están acompañados por prácticas políticas honestas, transparentes y coherentes. La desconfianza histórica de la región no surge únicamente de diferencias ideológicas, sino de experiencias concretas: intervenciones, presiones, condiciones asimétricas y promesas incumplidas. En este sentido, cualquier intento de reposicionamiento estadounidense está condenado al fracaso si mantiene una lógica percibida como oportunista o coercitiva.
La figura de Donald Trump encarna, en gran medida, esta problemática. Su enfoque hacia América Latina, alineado con la doctrina de “America First” o su eslogan insufrible de: “Make America Great Again” (MAGA), han priorizado las ventajas inmediatas por encima de la construcción de relaciones duraderas. La retórica de presión, amenaza y negociación agresiva ha debilitado la posibilidad de consolidar alianzas estratégicas. Más que un socio confiable, Estados Unidos bajo esta visión aparece como un actor impredecible, inclinado a la extorsión y al chantaje político.
Desde la perspectiva de Foucault, el poder no es simplemente una imposición directa, sino una red de relaciones que produce sujetos, discursos y formas de obediencia. En este sentido, la política de presión constante de Trump puede interpretarse como una forma de poder disciplinario: busca moldear el comportamiento de los Estados latinoamericanos mediante sanciones, condicionamientos y vigilancia. Sin embargo, a diferencia de un poder más sofisticado —que opera a través de la internalización de normas—, este modelo tiende a ser visible, coercitivo y, por ello, menos eficaz a largo plazo. No construye legitimidad, sino resistencia.
El caso de Venezuela se ha convertido en el ejemplo más didáctico de esta paradoja. La caída del dictador Nicolás Maduro no ha significado, necesariamente, la consolidación de una verdadera soberanía ni de una democracia plena. Por el contrario, el escenario posterior sugiere que el cambio de liderazgo no ha implicado un cambio estructural real. La permanencia de un régimen débil o condicionado refleja que el problema de fondo —la falta de autonomía política— sigue sin resolverse.
Aquí se vuelve clave otro concepto foucaultiano: la gubernamentalidad. No se trata solo de quién gobierna, sino de cómo se gobierna. Si las decisiones fundamentales de un país continúan determinadas por actores externos, entonces el poder no ha desaparecido, solo se ha reconfigurado. Venezuela corre el riesgo de pasar de una forma de dominación interna a una forma de tutela externa, donde el control se ejerce no necesariamente a través de la ocupación directa, sino mediante mecanismos económicos, institucionales y estratégicos.
Más aún, diversas medidas adoptadas tras estos cambios refuerzan la percepción de una soberanía limitada. La apertura económica y la reactivación de sectores estratégicos, como el petrolero, bajo esquemas de control externo, plantean una pregunta fundamental: ¿se está reconstruyendo Venezuela para los venezolanos o para intereses externos? Desde una lectura foucaultiana, esto podría entenderse como una forma de biopolítica: la gestión de la vida económica y social de una población desde centros de poder que no necesariamente coinciden con su soberanía nacional.
En este contexto, surge una inquietud ética central: ¿acaso se está pensando realmente en el pueblo venezolano? La reconstrucción de un país no puede reducirse a cifras de inversión o a incrementos en la producción. Requiere instituciones sólidas, legitimidad democrática y, sobre todo, autonomía en la toma de decisiones. Sin estos elementos, cualquier transición corre el riesgo de convertirse en una simple reconfiguración del poder, donde un actor externo sustituye a otro sin alterar la lógica de dominación.
Figuras como Marco Rubio han insistido en la necesidad de elecciones libres y en una transición democrática, pero también mantienen la idea de que Estados Unidos debe conservar mecanismos de presión. Esta ambivalencia —entre promover democracia y ejercer control— refleja nuevamente la tensión entre discurso y práctica que ha caracterizado históricamente la política estadounidense en la región.
La situación de Venezuela también proyecta una advertencia hacia Cuba. ¿De qué serviría reemplazar a Miguel Díaz-Canel si el resultado es simplemente la subordinación a una nueva forma de control externo? Un cambio de régimen sin soberanía real no es transformación, sino continuidad bajo otra forma. Cuba y Venezuela dan muestra clara de una política que, lejos de promover autonomía, corre el riesgo de reinstalar dependencias.
En contraste, la presencia de China en la región ha seguido una lógica distinta. Liderada por Xi Jinping, la estrategia china se ha caracterizado por un perfil más discreto en lo político y más pragmático en lo económico. China no necesita imponer su imagen; le basta con ofrecer financiamiento, infraestructura y comercio. Su influencia crece no a través de la retórica, sino mediante proyectos concretos: carreteras, puertos, energía y tecnología. En términos foucaultianos, podría decirse que China ejerce una forma de poder más cercana a la gubernamentalidad económica: no obliga directamente, sino que configura condiciones en las que los países eligen integrarse a sus redes.
La diferencia es reveladora: mientras Trump se convierte en una marca visible, casi omnipresente, China opera como un sistema que prioriza resultados. Trump es el logotipo; China, el producto. Esta distinción explica por qué muchos países latinoamericanos optan por fortalecer sus vínculos con Beijing, incluso manteniendo reservas sobre su modelo político. La relación con China puede ser “un buen negocio, a medias”, pero es percibida como estable y predecible. En cambio, la relación con Estados Unidos, aunque potencialmente beneficiosa, se ve empañada por la volatilidad y la falta de confianza del Gobierno de “Mr. Orange”.
Para competir en este escenario, Estados Unidos necesita mucho más que ajustes económicos. Debe replantear profundamente su política hacia América Latina. Esto implica avanzar hacia un comercio exterior más equilibrado, revisar sus políticas migratorias, moderar el uso de aranceles como herramienta de presión y promover mecanismos de desarrollo conjunto. Pero, sobre todo, requiere abandonar la lógica del capataz: dejar de imponer y empezar a negociar en condiciones de respeto mutuo.
El aislamiento relativo de Estados Unidos en ciertos escenarios internacionales demuestra que el poder no puede sostenerse únicamente mediante la coerción. Desde una lectura foucaultiana, el poder eficaz no es el que se impone por la fuerza visible, sino el que logra internalizarse, legitimarse y reproducirse a través de consensos. América Latina, en este sentido, ya no es un espacio pasivo: tiene la capacidad de resistir, negociar y redefinir sus relaciones internacionales.
En este contexto, países como Bolivia enfrentan el desafío de equilibrar sus relaciones. Ni alineamiento automático con China ni subordinación a Estados Unidos: la clave está en una política exterior pragmática, que maximice beneficios sin comprometer soberanía. La competencia entre potencias puede, en este sentido, convertirse en una oportunidad si se maneja con inteligencia estratégica.
Si Estados Unidos no transforma la esencia de su relación con América Latina, cualquier intento de “cambio” será meramente cosmético. Venezuela y Cuba muestran que no basta con remover gobiernos o impulsar transiciones controladas desde el exterior. Sin soberanía real, sin respeto a la autodeterminación y sin políticas verdaderamente orientadas al bienestar de los pueblos, todo cambio será ilusorio. Cambiar todo para que no cambie nada ya no es una opción viable en un escenario global donde la credibilidad, la coherencia y el respeto mutuo son los verdaderos pilares del poder.
El autor es comunicador social.
Columnas de RUDDY ORELLANA V.




















