El Pepino, personaje paceño por excelencia
Para nadie es un secreto que las clases medias y altas de La Paz vivían con la mirada puesta en Europa, principalmente París, desde donde llegaron junto a compañías teatrales tres personajes que dejarían una profunda huella: el pierrot, el arlequín y el dominó.
El primero de ellos, el pierrot, enfundado en un traje amplio blanco y negro con el rostro maquillado de blanco con una enorme lágrima. Junto con él actuaba el arlequín, la colombina y el dominó, los personajes de la comedia europea del medioevo.
LA LLEGADA DE PEPÉ PODESTÁ
En la penúltima década del siglo XIX, La Paz recibió la visita del circo dirigido por el cómico uruguayo José “Pepe” Podestá, cuyo nombre artistico era Pepino el 88, probablemente por el año de su presencia en las tierras de altura.
Podestá se caracterizaba casi como un pepino actual. Los paceños lo adoptaron para sí y en 1908, un año histórico para esta ciudad por muchas razones, aparecen las primeras fotografías en las que se ve a personas caracterizadas con una mezcla de pierrot y kusillo andino.
El kusillo es un personaje cómico y travieso de la cultura aymara, que se reconoce fácilmente por su vestimenta colorida, máscara con largas orejas y saltos ágiles.
Se función es ser un animador pícaro que representa la alegría y fertilidad, improvisa movimientos para divertir, criticar costumbres y se “cuela” en danzas.
Una de las características de los jóvenes paceños de finales del siglo XIX y principios del XX era que se reunían en grupos más o menos numerosos para desarrollar diferentes actividades sociales y culturales.
Así, en aquellos años, se formaron varios clubes de fútbol, de los que sobrevive a la fecha, The Strongest, pero aquellas inocentes pandillas juveniles solían reunirse para dirigirse en carruaje, pues los automóviles aún no habían llegado para instalarse definitivamente en la ciudad, a sitios próximos a la ciudad para disfrutar de un día de campo, practicar el fútbol o tomar unos tragos y bailar o participar en improvisadas corridas de toros.
En los carnavales era común el juego con perfumes y mixtura. Los baldazos de agua llegarían posteriormente.
En ese escenario, las comparsas de pepinos dieron un marco especial y diferente a esta festividad paceña, que tomó carta de ciudadanía por décadas.
Ataviado con un traje de colores, el pepino llevaba una matasuegra de cartón forrada de seda y en una pequeña bolsa, confites, mixtura y unas monedas.
“¡Pepino, chorizo, sin calzón!”, le gritaban los niños, cuando el pepino “chauchitaba”, o sea lanzaba al aire las monedas para que los pequeños se lancen al piso en procura de coger el dinero, mientras entre saltos, el pepino les pegaba con la matasuegra, ante las carcajadas de todos. Era una forma candorosa de divertirse en calles y salones de la La Paz decimonónica.
El personaje se perdó relativamente en parte de la década de 1970, pero hacia 1979 reapareció con fuerza en comparsas y demostraciones de alegría popular en las calles del centro.























