El poder de la palabra

Cultura
Publicado el 04/04/2022 a las 0h47
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Nadie sabe quién fue realmente Ricardo III. El poder de la palabra es tal que la caracterización que de él hizo William Shakespeare se ha convertido en historia oficial: un rey sanguinario e inmoral, que eliminaba sin mayor empacho y a veces con su propia mano a cualquiera que pudiera hacerle sombra, y eso incluye hermanos, sobrinos, esposas, amigos, etc.

Shakespeare hizo de ese personaje el paradigma de la fealdad (exagerando su escoliosis deformante), y de la maldad: un hombre jorobado, ambicioso, inescrupuloso, que se odiaba a sí mismo, como afirma en uno de los monólogos de la obra.

Vivió apenas 32 años, algunos historiadores afirman que durante su reinado fue autor de leyes que favorecían a los pobres, combatió en primera fila varias batallas en lugar de permanecer en la retaguardia, y gobernó solo dos años hasta su muerte en la batalla de Bosworth. Por la crueldad de su actitud personal, no es sorpresa que a su muerte fuera enterrado sin mayores ceremonias y que sus restos desaparecieran durante 522 años (hasta 2012).

Aunque “Ricardo III” es una de sus primeras obras (1597), la maestría de Shakespeare es evidente en los cinco primeros minutos, cuando el personaje se define a sí mismo. No debió ser fácil para el dramaturgo inglés crear un personaje tan absolutamente perverso, cuando en la mayoría de sus obras juega con personajes enriquecidos por sus dudas, contradicciones y ambigüedades. Aquí, el personaje es malo de una sola pieza, sin ápice de conflicto interno, salvo quizás en el monólogo inmediatamente anterior a la batalla en la que encontrará la muerte.

Sin embargo, lo que sucedió en 1485 con el personaje de esta tragedia, no es sino una excusa, como siempre en Shakespeare, para abordar un tema político, social o moral. Al fin y al cabo, ¿cuántos espectadores en la sala del Teatro Nuna tienen noción de la Guerra de las Rosas entre la casa York y la casa Lancaster, por la sucesión del trono de Inglaterra, los entretelones del poder entre las familias y las rivalidades que se saldaban con horrendos crímenes, a la manera de las mafias de hoy?

No acudan a San Google por las respuestas porque no es eso lo que hay que buscar en Shakespeare ni en Mondacca ni en todos los que a lo largo de 390 años han hecho representaciones de “Ricardo III” desde la primera, que tuvo lugar en 1633. Entre los más recientes, actores ingleses o norteamericanos tan formidables, como Basil Rathbone, Vincent Price, Kevin Spacey, Al Pacino, Laurence Olivier o Ian McKellen, representaron al personaje en el teatro o en el cine.

Con el tiempo las adaptaciones de la obra original excluyeron a personajes o incorporaron a otros. Algunas sitúan los hechos en nuestro tiempo, por ejemplo “Ricardo III” (1995) de Richard Loncraine, que interpreta Ian McKellen y sucede en la Inglaterra de 1930, pero es lo más parecido al totalitarismo de Hitler, con símbolos similares y masas enardecidas.

Como toda obra de Shakespeare, los nombres de los personajes y los episodios históricos descritos son en realidad motivos para hablar de la condición humana. De “Romeo y Julieta” se pueden hacer mil versiones diferentes porque lo que importa no son los Capuleto y los Montesco en la Verona del mediados del siglo XVI, sino la historia del amor capaz de vencer las rivalidades entre enemigos y poderes irreconciliables. Lo propio sucede con “MacBeth”, “Hamlet” o “King Lear”, parábolas sobre el poder que trascienden momentos históricos concretos y se convierten en emblemas tejidos en la historia de la humanidad.

Por eso, trasciende Shakespeare a través del tiempo y es siempre contemporáneo.

La obra original tiene más de 50 personajes, incluidos numerosos fantasmas, pero David Mondacca la ha sintetizado en unos cuantos episodios y limitado el número de actores a tres, interpretando él mismo varios de los personajes principales, con extraordinaria capacidad de transfiguración, y acudiendo tres veces a proyecciones en pantalla que le permiten enriquecer la escenografía, que en realidad se reduce a un ambiente sobrio y oscuro, con un baúl antiguo y una butaca con una tela de gasa roja semitransparente, que sirve para subrayar la presencia de la sangre en el escenario.

La depuración de decorados y la reducción de intérpretes al mínimo hace pensar en la frase “la necesidad tiene cara de hereje”. Y es que la carencia de recursos en el teatro boliviano obliga a estos esfuerzos de síntesis y de sobriedad extremos. Sin embargo, Mondacca convierte las limitaciones en ventajas, porque concentra la atención de los espectadores en el personaje y en su propia actuación. Las luces del Teatro Nuna ayudan a cambiar ligeramente la atmósfera en la que se desenvuelve Ricardo III, subrayando con sombras y contraluces el aislamiento del personaje, ese esperpento humano que actúa desde las sombras del poder sin escrúpulos ni límites para sus ambiciones.

Para un gran actor como Mondacca, no es un desafío representar a un personaje que ha sido diseñado sin matices. Los buenos actores se consagran con personajes que les permiten desplegar toda la gama de contradicciones, ambigüedades y dudas, que este personaje no ofrece. Sin embargo, la obra descansa sobre los hombros del actor, o sobre su joroba, si se quiere. La fuerza de su voz y de su lenguaje corporal concentran toda la fuerza de la tragedia, y a diferencia de otras tragedias de Shakespeare, quizás por ser una de las primeras, el humor no la atraviesa con la misma vibración jocosa.

Otro aspecto importante pero insalvable para cualquier actor que pretenda representar una obra de Shakespeare en castellano, es el empobrecimiento del lenguaje, inevitable en el proceso de traducción. La musicalidad, el ritmo y a veces incluso la rima de las obras originales de Shakespeare se pierde en gran medida. Escuchar a Shakespeare en su idioma no es lo mismo que escucharlo en castellano y en otros idiomas. No hay mucho que hacer al respecto.

“Ricardo III” es la obra elegida por David Mondacca y Claudia Andrade para esta corta temporada (dos días) en el Teatro Nuna, que concluyó el domingo 27 de marzo, precisamente el Día Mundial del Teatro, que se celebra desde 1961.

Breve digresión para honrar al teatro boliviano: cada obra constituye un esfuerzo titánico que solo puede ser acometido con un inmenso amor. Para temporadas de tres días se investiga y ensaya durante tres meses. Solo en Bolivia. No conozco otro país donde sean, como sociedad, tan malagradecidos con el teatro como nosotros.

Por ello David Mondacca, quien en 2023 celebrará 50 años sobre las tablas y 30 años de Mondacca Teatro, comenzó y terminó la representación del domingo 27 con un homenaje a “don Ángel”, que siempre quiso montar Ricardo II en el teatro Municipal y nunca pudo hacerlo. Y una frase lapidaria: “Si el teatro es verdad, nosotros seremos sinceros. Mucha mierda”.

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