La ficción boliviana del siglo XXI en 12 libros destacados por especialistas
En diciembre de 2025, el periodista cultural Martín Zelaya publicó su obra “Cuarto de siglo. Libros y autores bolivianos (2001-2025)” bajo el sello de Editorial 3600. El libro incluye los resultados de una encuesta realizada a 41 especialistas (escritores, críticos y académicos) para identificar las obras de ficción más destacadas de las primeras dos décadas y media del siglo XXI en Bolivia.
Este conjunto de obras es producto de un análisis que abarca 25 años de lecturas y reseñas de Zelaya, buscando establecer un mapa de la narrativa boliviana actual.
Zelaya dijo que la idea que mueve este trabajo es, entonces, conformar un corpus de consenso con la ayuda de escritores, editores y críticos bolivianos, en torno a lo más leído y destacado de la narrativa boliviana de ficción en el periodo señalado.
“¿Cómo hacerlo? No se puede, desde luego, hacer un despliegue ni cercano al que dio lugar a la lista de la BBB, pero recogiendo experiencias similares –detalladas líneas abajo–, se trabajó en un sondeo que dio como resultado un corpus de 12 libros ampliamente respaldados, y a partir de los cuales proponemos algunas reflexiones a modo de aproximarnos a algunas respuestas a las preguntas arriba planteadas”, señaló el reconocido periodista cultural.
Advirtió que la premisa clave que guía estas líneas es que el corpus seleccionado no deja de ser, a fin de cuentas, una suma de lecturas y preferencias que, aunque provengan de poco más de cuatro decenas de “expertos”, son susceptibles a la arbitrariedad. “Una hipótesis con proyección sería, entonces, ¿llegará esta selección a consolidarse?, ¿conformará, en algún momento y seguramente junto a otros libros, una unidad representativa de este momento en la literatura boliviana? En todo caso, hay que considerar otros criterios externos al método de selección que los avalan: número de ediciones, traducciones a otros idiomas y premio”.
El resto de los libros
Tras el “top 12”, en las siguientes posiciones quedaron: con cuatro menciones: Las desolvidadas del amor, de Máximo Pacheco; Para comerte mejor, de Giovanna Rivero (3); Fantasmas asesinos, de Wilmer Urrelo (3); La desaparición del paisaje y Miles de Ojos, de Maximiliano Barrientos (3); Seúl, Sao Paulo, de Gabriel Mamani (3); Los árboles, de Claudia Peña (3); La composición de la sal, de Magela Baudoin (3); El llamo blanco, de Jesús Urzagasti (3); y Potosí 1600, de Ramón Rocha Monroy (3). Diez libros tuvieron dos menciones y 37 lograron una mención.
Explicación de la encuesta
Zelaya dijo que se envió a poco más de medio centenar de escritores, críticos, editores y bolivianistas una pregunta abierta: mencione los que considera “los mejores libros bolivianos publicados en el primer cuarto de este siglo, tomando en cuenta narrativa de ficción y no ficción, ensayo literario y poesía[1]”. Se dio, además, la posibilidad de que escojan un “mejor libro” o ganador y menciones, o simplemente den menciones sin orden jerárquico. Al tabular los resultados se asignó dos puntos a los elegidos específicamente como “mejor libro” y un punto a las menciones. 41 personas respondieron, vía correo electrónico y WhatsApp, y sus criterios ayudan a conformar el corpus.
Dos ejes evidentes
¿Por qué intentar elegir un corpus consensuado de la narrativa boliviana de este primer cuarto de siglo? ¿Cómo hacerlo? ¿Qué criterios medianamente certeros tomar? En una reflexión cercana a estas premisas, Mauricio Souza al analizar la “narrativa boliviana reciente 1985-2010”, empieza con otra interrogante: ¿cómo definir la noción misma de lo contemporáneo?
Zelaya señaló que esta propuesta se hace con la certeza, primero, de que los límites temporales no homogenizan –ni mucho menos– criterios, enfoques y temáticas de los narradores; y, por otro lado, de que para hacer una lectura precisa va a ser necesaria una perspectiva más amplia que solo da el paso del tiempo.
Otra vez siguiendo a Souza, valga remarcar que en este intento de “construcción del lugar presente”, aparecen al menos dos claras rutas, como lo evidencia el corpus consensuado, detallado líneas arriba: la necesidad de revisitar algunas aristas de la tradición (neoindigenismo, neocostumbrismo) y, en la vereda del frente, la urgencia de –más bien– romper con cualquier lazo y raigambre en una decidida búsqueda de “autonomía” –temática, estilística– y universalidad.
“Por un lado, en el grupo en el que identificamos una revisita a algunos eslabones de la tradición literaria boliviana, tenemos novelas que la crítica vio como una suerte de desprendimiento o evolución del indigenismo y del costumbrismo: dos novelas de Alison Spedding: la neo katarista y ciberpunk De cuando en cuando Saturnina y Catre de fierro, una saga de la Bolivia criolla, rural y periurbana; el neobarroco de Cuando Sara Chura despierte, de Juan Pablo Piñeiro; el policial criollo de Periférica Blvd., de Adolfo Cárdenas; y el indigenismo “moderno”, no paternalista, de Los dos entierros de Eleuteria Aymas, de Máximo Pacheco”, sostuvo.
Más adelante, comentó que en un segundo grupo de consenso están libros que se desprenden del todo de la tradición imperante en los tres primeros cuartos del siglo XX y se concentran en lo individual, existencial –un momento de “diversificación”, según Sebastián Antezana–, con un trabajo minucioso que muestra un tratamiento de lenguaje veloz, despojado de vínculos con las abigarradas maneras del habla regional boliviana. Fueron ampliamente mencionadas por los sondeados: Tierra fresca de su tumba, de Giovanna Rivero; El exilio voluntario, de Claudio Ferrufino-Coqueugniot; Hablar con los perros, de Wilmer Urrelo; Iluminación, de Sebastián Antezana; Ustedes brillan en lo oscuro, de Liliana Colanzi; Los días de la peste, de Edmundo Paz Soldán y Los afectos, de Rodrigo Hasbún.
“Es importante tener presente que, más allá de su enfoque, los libros del primer grupo no dejan de mostrar características que los acercan a los otros, incluyendo esa autonomía y universalidad que los segundos persiguen; pero los rasgos comunes se centran sobre todo en el estilo, las estrategias narrativas y el modo en que se encara en las últimas décadas la misión de escribir, el oficio literario, cada vez más lejos de la noción de pasatiempo de fin de semana que predominaba hasta incluso fines del siglo XX”, puntualizó.






















