“La madre de las madres” de Vicky Ayllón
MARIANA RUIZ ROMERO
Editorial Pirotecnia no plantea hacer postulados enor- mes. Más que aspirar a ser canon, quiere, más bien, ser “anti” todo: anti-desidia, anti- complacencia, antidiscurso.
Como su nombre lo dice, funciona más bien como una “sunchu luminaria”, un fueguito, pirotécnico y fugaz, que se enfoca en ese deli- cioso subgénero que es la literatura de bolsillo. Esta edición, corregida y aumentada, nos vuelve a traer “Las crónicas de Soledad V” y le añade cuatro relatos más: “Las confesio- nes de Soledad V”.
Martín Zelaya describe a Soledad como una (anti) heroína: una beautiful loser que se pasa por mano propia (y propio razonamiento) algunos pocos casos de la siempre injusta jus- ticia. El azar pone
a Soledad al frente para resolver, como se debería siempre, con tino y humanidad, algunas de las situaciones diarias sobrepasadas por el machismo, la corrupción, desidia y negligencia institucionalizadas en la Policía y la sociedad.
Soledad V. atiende un despacho policial y se despacha, subrepticia- mente, contra el laberinto de dejadez que caracteriza a la institución verde olivo. Patea, con disimulo, a quienes son culpables, ejerce justicia de maneras insospechadas y, sobre todo, alega demencia: “me debo haber equivocado teniente, ay, lo he traspapelado, qué se podrá hacer...”.
Soledad es inteligente y a la vez, está frustrada. Vive en soledad, como precaria funcionaria pública, en un cuarto alquilado, le tiene miedo a los ladrones y a los vivos, pero sabe defenderse. Es alguien que no está dispuesta a tolerar atropellos, aunque nunca vaya de frente. En el gris de su accionar conocemos a quien está harta de su destino pero que lo vive de todas maneras: “Mis noches son comunes y corrientes, con la radio por toda compañía, la noche siempre es larga [...] Vuelvo a las cosas, amo las cosas, los signos de su vida, los golpes recibidos, los cuidados, los descuidos, sus colores, en fin, su viaje. Oigo también la lluvia y oigo mi respiración, oigo el agua que hierve, oigo mis pasos, oigo la calamina golpeada por el viento, oigo los malogrados cantos de los borrachos, oigo los gritos de quienes están siendo asesinados. Y llega la hora de dormir”.
Soledad no resuelve casos, no como otros inteligentes representantes del género policial. Responde, más bien, a una pregunta que se hace eco en sus páginas, y que Santiago Blanco –otro investigador relacionado a la policía, cínico e hijo de su madre, como pocos resuelve de modo parecido: ¿De qué justicia estamos hablando? ¿De qué reparación?
Cuando no hay Estado, ni institución, lo que queda son las decisiones instantáneas: traspapelar el caso de las mujeres que ejercen prostitución y viven en unas cuevas; callar en cuatro idiomas un linchamiento; tirarle piedras certeras al violador, desde las sombras. Actuar en el momento, porque la justicia no viene para los pobres, nunca llega, es una palabra bonita de oenegé, de gente con aires de superioridad. En ese sentido, Santiago y Soledad parecen primos: les da urticaria la pomposidad y los aires de suficiencia, y se abren camino a su manera. Resuelven.
En las confesiones de Soledad, escuchamos de casos y violencias, de dolores guardados y marcantes, de penas y hostigamientos. Vivi, la pareja/oreja, la escucha embelesada, porque en ese cuarto se susurran imágenes certeras de una realidad sórdida, triste, donde a veces brilla, como una pirotecnia, el fueguito de la rebeldía.
“Siempre hay cosas que confesar porque la vida es un collar de secre- tos que cargamos”, nos dice Soledad “Yo creo que mi madre murió muy cargada de secretos, no desembuchó lo suficiente y por eso tampoco creía en las amigas, ni siquiera se confesaba con el cura; no tengo porqué contar mi vida a nadie, decía. También el secreto es un velo, un embozo de nuestras metidas de pata. No hay secretos gratos, los secretos son esas oscuras salas de nuestro habitar en el mundo”.
Larga vida a Soledad V. La necesitamos.
La madre de las madres. Virginia Ayllón. Editorial Pirotecnia, (2da Ed.) La Paz, 2025.























