
BUSCANDO LA VERDAD
Dice un adagio que la esperanza es lo último que se pierde, y otro, que la fe mueve montañas. Fe y esperanza, no son lo mismo. Mientras la esperanza es pasiva, la fe es acción. Espiritualmente, la fe fundamentada en Dios es la certeza de lo que se espera y la convicción de lo que no se ve –hay que creer para ver– y qué mejor que tener a Dios de nuestra parte, ya que si él decide bendecir a una persona o a un país, lo hará bajo dos requisitos: tener fe y ser obedientes a sus mandatos.
Imagínese por un momento que Ud. es un productor del agro que vive con su familia trabajando la tierra y criando ganado. Su sueño es vivir en paz y ganarse el pan de cada día con dignidad, produciendo no solo para su propio sustento, sino para alimentar a miles de bolivianos en todo el país.
¿Qué haría Ud. si una parte minoritaria de su familia, cada vez que quiere imponer algún capricho, primero protesta, luego demanda “de forma pacífica” sus pedidos, y al no lograrlo, bloquea la salida de su casa y, si ni aun así obtiene lo que quiere, lo intimida a punta de dinamitazos para ser escuchada?
Una vez más, Bolivia se halla inmersa en nuevos conflictos, provocando una alta inestabilidad, siendo la más afectada, la gente pobre y necesitada. Tal parece que no se aprendió la lección, al repetirse los brutales “bloqueos de caminos y esperanzas”.
El “bloqueo físico” ejecutado por los desacreditados movimientos sociales identificados con el socialismo y el comunismo, pone en vilo al país, encarece la vida, rompe cadenas productivas y castiga a quien vive de su trabajo.
De confirmarse una investigación periodística recientemente hecha pública, estaríamos ante un mayúsculo escándalo. Los dirigentes de la Central Obrera Boliviana (COB), que se jactan de representar a los trabajadores, gozarían de sueldos estratosféricamente superiores a los del presidente, ministros, senadores, diputados, médicos, maestros y profesionales calificados (“Salarios de mineros de Huanuni y Colquiri oscilan entre Bs 30.000 y Bs 50.000”, El Deber, 28.12.2025).
La durísima frase “los países no tienen amigos, tienen intereses”, acuñada hace dos siglos y atribuida al estadista británico Lord Palmerston, da cuenta de que en la política internacional priman las razones económicas antes que las “amistades declaradas”, por eso las alianzas cambian en función de los beneficios que un país busca para sí.
Hay algo profundamente revelador en la historia económica de Bolivia: prácticamente desde la época de la colonia, ha dependido de la explotación de recursos naturales extractivos no renovables, llevándola a ser tipificada como un país primario-exportador, como si esa fuera la única identidad posible. Oro, plata, estaño, petróleo, gas, cada ciclo de precios altos prometió prosperidad a los bolivianos, pero lo cierto es que ninguno logró sostenerla en el tiempo.
Cuando un país decide dejar de “mirarse el ombligo” y se atreve a ver a su alrededor para contrastar su situación; cuando mira al mundo y se da cuenta de que hay quienes progresan más; cuando descubre que existen mejores formas de hacer las cosas y que en sus manos está la salida, ese país triunfará. Bolivia pasa por un momento difícil y es de esperar que la dura lección haya sido aprendida.
A propósito de aquello de que “la Biblia retornó a Palacio” con el actual Gobierno que tomó posesión el 8 de noviembre pasado, y, que igualmente volvieron las Sagradas Escrituras a la Asamblea Legislativa juntamente con el crucifijo cristiano, ocasionando el reclamo de que, al ser Bolivia un Estado laico no correspondía juramentar a las autoridades ante dichos símbolos, cabe recordar que nadie dijo nada cuando en los últimos 20 años se dieron ahí mismo toda clase de rituales paganos, sacrificios, dedicaciones a ídolos, difuntos, etc.

