Bananas

Columna
PUNTOS DE FUGA
Publicado el 07/09/2022

Si hacer fila fuera un deporte, los bolivianos seríamos campeones mundiales. No recibiríamos severas palizas en torneos internacionales, como el triste Deportivo Trópico en la Copa Evo Morales, pues tenemos una habilidad innata para madrugar, embutirnos dentro de cuatro chompas y resistir los embates de la noche fría, el viento, la lluvia y el sol hasta que nos toque el turno. Ya sea para tramitar el pasaporte, conseguir un ticket para un partido de la Libertadores o el estreno de Batman, siempre tenemos una mochila y hasta una carpa lista para plantarnos sobre la acera y luchar por un espacio como si no hubiera un mañana. 

Incluso yo, incurable criticón, hace unos años, en París, para asistir a un partido de la Champions League entre el local y el Barcelona, hice honor a mis compatriotas y fui al estadio después de almuerzo a pesar de que el cotejo comenzaba a las nueve de la noche. Cargaba una mochila pesada con una cámara y una chamarra, sólo me faltaba una gorra de cartón y un pedazo de plastoformo para amortiguar la gradería. Cuando llegué, me extrañó que no hubiera una multitud de hinchas ruidosos haciendo avalanchas, que las calles no estuvieran cerradas y que sólo hubiera un guardia en la puerta, que me miró con sospecha creciente a medida que transcurría la tarde y yo no dejaba de caminar por el perímetro del Parque de los Príncipes. Los asistentes llegaron media hora antes del partido, ingresamos rápidamente, sin sobresaltos, y mi butaca me esperaba vacía.

Esta mala costumbre está tan desbordada que para ser atendido en una institución privada hay que recurrir a las mismas mañas que para la Caja Nacional de Salud o Derechos Reales. Hace poco, para solicitar plaza para mis hijas en un colegio en Cochabamba, llegué media hora antes de lo establecido, pensando que lo hacía muy bien, pero el portero me borró la sonrisa cuando me extendió la ficha número 15. Delante de mí había una larga fila de padres con rostros trasnochados, abrigados como para escalar el Illimani y bebiendo té de un termo. No me quedó otra opción que ocupar mi puesto, frustrado, preguntándome cómo un colegio privado —para colmo teutón— aún no propicie que las citas y los requisitos se gestionen de manera virtual y en su lugar nos obligue a hacer largas filas y esperar como esos borrachos felices que desean ingresar al Hofbräuhaus durante el Oktoberfest.

Como dice un amigo cruceño, los bolivianos no destacamos en artes marciales, pero somos cinta-negra en burocracia. Vivimos en una cruel dictadura administrativa, subyugados por funcionarios-paramilitares que, amparados en el poder de su firma y de su “visto bueno”, nos tratan con la punta de sus botas, nos dan información ambigua, sin dejar de comer su choripán, y nos obligan a hacer varios viajes —por lo tanto, varias colas— para presentar una pila de formularios que sólo sirven para engordar enormes archivadores que a la larga serán devorados por las ratas. 

Y así se nos va la vida como a la pobre Domitila Murillo, una señora de 70 años que, tras desplazarse 900 kilómetros entre distintas ciudades, visitar innumerables ventanillas y hacer decenas de filas, demoró 11 meses en renovar su cédula de identidad y falleció dos semanas más tarde. No le va mucho mejor a su pariente, el temible Arturo, a quien la burocracia le está literalmente destruyendo un inmueble. Mientras cuenta ovejitas en una cárcel de EEUU, uno de sus departamentos en Cochabamba sufrió una seria inundación por una fuga de agua. El vecino de abajo, damnificado por las filtraciones, se quejó al administrador del edificio, pues el portero le indicó que no puede abrir el departamento del ex Ministro porque fue precintado por la Policía Boliviana. El administrador, poco aventurero, no está de acuerdo en abrir la puerta de una patada y cerrar la llave de paso. Entonces, para detener el goteo, arreglar su cielo falso y quitar los baldes de su sala, el vecino damnificado tiene que contratar un abogado y solicitar al fiscal que permita el acceso al inmueble.

Este contexto absurdo me recuerda a la película Bananas, la sátira de Woody Allen sobre el populismo latinoamericano, cuyos dardos siguen siendo certeros tras cincuenta y un años de su estreno: en una república bananera gobernada por guerrilleros barbudos, los prisioneros sostienen una ficha y hacen fila obedientemente para ser fusilados contra un paredón. El General —un delirante y desaliñado individuo que apenas tomó el poder anunció que la lengua oficial sería el sueco y que toda la población tendría que vestir su ropa interior encima del pantalón—, los llama por su número y, sin quitarse el habano de la boca, apunta y dispara.

Madre mía, que la muerte no me sorprenda en una fila.

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