El perfil de los asesinos seriales bolivianos

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Publicado el 21/02/2022 a las 9h08
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Según el perfil que han dibujado los criminólogos, en ellos hay una característica común que generalmente no pueden disimular: son fríos, prácticamente carecen de emociones. Resultan personas que, en determinadas circunstancias, pueden desatar terribles tragedias. De alguna manera se asemejan a los cazadores, hasta suelen tener ese hobby, sin embargo, sus presas favoritas resultan sus semejantes, cazan personas. 

Sin embargo, valga realizar una precisión: una gran parte de ellos no son criminales, pueden tener una forma muy sutil de causar daño y hacer mucho daño. Se encuentran dispersos por doquier, como camuflados en la sociedad, ejerciendo infinidad de profesiones y oficios. Es decir, nos relacionamos con ellos probablemente a diario y en cualquier escenario social.

Algo que demuestran las historias de los más trágicamente conocidos psicópatas seriales de los últimos años en Bolivia. La lista registra a al menos siete casos acaecidos en cuatro departamentos del país.  

Casos célebres

Se trata de Jaime Cárdenas Pardo, Omar Jhonny Fernández Herrada, Carlos Mamani Mamani, Basilio Mamani Clares, Marcelo Ostria Borda y Matusalén Mancilla Lipa. Están registrados bajo las características de asesinos seriales en la historia boliviana reciente. A ellos se sumó Richard Choque Flores, en cuyas casas y en apenas 15 días se descubrieron los restos de cuatro de sus víctimas. 

En un momento, se esbozó la posibilidad, aún vigente, de que Choque hubiese asesinado entre ocho y 15 personas. Algunas voces aseguraron entonces que se trataba del mayor asesino serial conocido en Bolivia, por lo menos en las últimas décadas. Sin embargo, el psicópata que aterrorizó a El Alto hace unas semanas no ocupa ese macabro sitial. En los registros oficiales de los últimos 90 años el asesino serial que más vidas segó es Jaime Cárdenas Pardo, alias el Jhimmy. 

“Ya no recuerdo cuántos he matado —respondió a los medios, sin el menor descontrol o nerviosismo, cuando fue sentenciado en marzo de 2020 y se hallaba a metros de los deudos de sus víctimas—. ¿Quién está para contar así? ¿A ver vayan a decirle al que mata vacas cuántas vacas mata? Estaba totalmente drogado. Me decían toma plata, hace. Ya, pues, y así”. Luego confiesa que mató personas desde sus 18 años y fue capturado a los 25. En años recientes, en el penal de Chonchocoro, ya convertido en un predicador evangelista, ha declarado que calcula que asesinó, por lo menos, a 30 personas. 

Pero aquellas primeras declaraciones que realizó a los medios bien podrían ingresar en una antología o ser útiles para un tratado especializado. De hecho, es un video altamente viralizado y usado por diversos medios y especialistas en YouTube y otras redes sociales. En ellas no demuestra un ápice de sensibilidad por los afectados ni tampoco compunción. 

“No sé qué quieren, ¿me van a llenar de sentencias? —reclama ante medios y cerca de los deudos—.  ¿No les basta que ya tenga 30 años de sentencia? (…) No me importa esta gente, no la conozco. Me da vergüenza pensar en los que me conocen. ¿Qué más quieren? ¿Que por el remordimiento me mate yo? Ni en sus sueños me voy a matar. (…) Yo no les puedo devolver a sus familiares de ninguna forma, ni matándome. Aunque derrame mi sangre, igual, ¿de la tumba van a salir porque yo me muera?”.

El caso mayor

Junto a Richard Choque, el de Jhimmy es probablemente el caso con más víctimas en el presente siglo. No así en lo que oficialmente señalan los registros. Aún queda en la memoria histórica el proceso a Aurelio Medrano, en la década de los 30, del siglo pasado. Se trata de un hacendado de Totora, Cochabamba, propietario de grandes extensiones de tierras. Fue acusado de haber asesinado sádicamente, por lo menos, a 70 mujeres. Su caso conmovió durante meses a la sociedad. Fue fusilado el 17 de enero de 1938, tras un juicio que duró cinco años donde se fueron probando los hechos.  

Con todo, los registros e historias resultan muy relativos en tiempos en que la sociedad boliviana adolece agudamente de un sistema judicial confiable. La responsable de la organización Mujeres en Busca de Justicia, Paola Gutiérrez, alerta sobre la impunidad que predomina en el escenario de feminicidas y asesinos seriales: “Constatando el reporte de cada denuncia (de criminales seriales) hemos podido advertir que tienen doble y hasta triple denuncia. Se trata de personas que han matado ya una vez que luego gozaron de medidas sustitutivas, arresto domiciliario. Volvieron a salir de la cárcel y volvieron a matar”. 

Gutiérrez señaló que “de un estudio a priori”, realizado a nivel nacional, se ha concluido que hay, por lo menos, “1.000 casos en los que se puede observar impunidad”. Dato que coincide con el descubrimiento de redes de abogados y jueces que se dedicaban a negociar la libertad de asesinos altamente peligrosos. Este proceso se desató tras la presión social que el caso Choque generó en semanas recientes. Una coincidencia adicional que muestra al tercer asesino serial más impactante de los últimos años: Matusalén Mancilla Lipa. 

Buenos colaboradores

Mancilla fue hallado culpable de al menos tres muertes, dos de ellas de niñas. Sorprendentemente tuvo recurrentes ayudas de los operadores de justicia. Entre octubre y noviembre de 2014 había asesinado a dos pequeñas de cuatro y ocho años en la comunidad de Santa Ana de Mosetén, municipio de Palos Blancos. Debido a que era aún menor de edad fue sentenciado a una pena de seis años en el Centro de Rehabilitación de Qalauma en La Paz. 

Sin embargo, sus antecedentes “desaparecieron” del Registro Judicial de Antecedentes Penales (REJAP). Nueve meses después de su liberación Matusalén asesinó a su exenamorada en el bosquecillo de Pura Pura, ciudad de La Paz. Tras la posterior sentencia de Matusalén, a fines de 2021, según la oficina de Mujeres en Busca de Justicia, se supo de un singular plan de fuga: la abogada del asesino serial había tramado la escapatoria de Mancilla haciendo que fuese dado por muerto y cambiándole la identidad.

Y las ayudas para que los asesinos seriales vuelvan a las calles parecen haberse repetido en todos los casos notables. Marcelo Ostria Borda, exabogado y mister de belleza, también señalado como asesino serial, logró salir del penal tarijeño de Morros Blancos. Había sido recluido preventivamente en 2018 tras el asesinato de su pareja. A principios de 2019, se le descubrieron marcados indicios de la comisión de otro probable asesinato en 2016. 

En mayo de ese año logró un extraño permiso de salud para ser tratado externamente. Tras pasar una noche en el hospital San Juan de Dios, en horas de la madrugada se fugó en un automóvil de servicio público con la ayuda de otras tres personas. Al poco tiempo, la Policía halló el vehículo en el que el exrey de belleza pretendía escapar junto a “una cantidad considerable de dinero”, según relató el coronel Saddid Ávila, comandante policial del departamento.

La Policía capturó a Ostria y arrestó también a una mujer y al conductor del vehículo, acusados de ayudarlo.

Las facilidades de fuga que tuvieron los asesinos seriales se hicieron notablemente visibles en días recientes con el caso Richard Choque Flores. La red del juez Rafael Alcón fue puesta en evidencia y motivó la recaptura de al menos cuatro feminicidas liberados gracias a este bufet. Fue posible, además, hallar otros consorcios avocados a clientes de alta peligrosidad que actuaban inescrupulosamente. Por ello, en los otros tres casos célebres de asesinos seriales de años recientes, al parecer, primó la falta de dinero, el principal lubricante liberador. 

Tipos de víctimas

Omar Jhonny Fernández Herrada, un trabajador caminero, fue sentenciado, en marzo de 2021, a 30 años de prisión tras declararse culpable por el asesinato de cuatro mujeres. Sus crímenes afectaron a jóvenes comprendidas entre los 18 y los 25 años. El caso salió a luz tras el descubrimiento de los cuerpos en la localidad de Tres Arroyos, municipio de Villa Tunari, en Cochabamba. Con todas había establecido relaciones sentimentales y luego usó sus celulares para enviar mensajes que confundían o engañaban a las familias. Una técnica a la que también apeló Richard Choque, pero con fines extorsivos.    

Asimismo, tras un proceso de cuatro años, en 2017 fue condenado a la misma pena que Basilio Mamani Clares. Según relataron las autoridades, se trata de un albañil, de 43 años, que celaba a mujeres con las que había establecido o buscaba establecer relaciones sentimentales en el altiplano y luego las asesinaba. Se evidenciaron tres casos y se sospecha de alguno más.  

Por su parte, el campesino Carlos Mamani Mamani, 47 años, dejó su estela de muerte en la región de Caiza D, Potosí. Su obsesión criminal fueron mujeres de la tercera edad. En junio de 2014 fue capturado tras haber asesinado a una mujer de 85 años, quien días antes le había insultado. Su anterior víctima tenía 89 y se le acusaba por otros casos más. Fue recluido en el penal de Cantumarka.

Psicópatas no criminales      

Las múltiples descripciones y crónicas que han motivado casos como el de Jhimmy, Richard Choque o Matusalén confirman el singular perfil de los psicópatas sean o no criminales.

“Tienen como características principales el egocentrismo, la carencia de emociones, su habilidad para mentir y manipular —dice el psicólogo Erwin Fajardo Mamani—. Pero su capacidad de razonamiento, a veces muy notable, sus destrezas profesionales y académicas, el control sobre sus impulsos y actos les facilitan la construcción de una perfecta normalidad visible. Ésta les imposibilita obtener lo que quieren”. 

El profesional explica que los psicópatas puros están plenamente consientes de sus actos. Resultan individuos que conviven en nuestra realidad y poseen un trastorno de personalidad con rasgos característicos de psicopatía que los llevan a cometer delitos, en el menor de los casos. Por esa razón, van a una cárcel y no a un centro psiquiátrico. “La diferencia fundamental entre un psicópata criminal y uno no criminal, o integrado, se halla exclusivamente en sus conductas. Ello porque ambos comparten una misma organización emocional y personal ya que la psicopatía es un trastorno de la personalidad, no un trastorno mental”.

Fajardo añade que en el caso de los asesinos en serie psicópatas muchas de estas fantasías surgen desde temprana edad. Básicamente se desatan debido a la situación en la que se viven, como familias desestructuradas, entornos de extrema disciplina o todo lo contrario, donde son víctimas de abusos psicológicos o sexuales. Estos factores ocasionan que el niño a temprana edad organice un mundo donde se encuentre a salvo o a la defensiva y luego explosionen sus tendencias al empezar su adolescencia. 

Una explicación que sintetiza marcadamente la primera declaración de Jhimmy cuando fue sentenciado y le preguntaron sobre las razones de su conducta: “Mataba a veces por dinero, a veces no. Depende de cómo son las cosas. O sea, cuiden a sus hijos, cuidado sean como yo”.  

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