Las consecuencias del encierro de emociones en adolescentes
La adolescencia es una hermosa etapa de la vida con cambios hormonales, físicos, sentar las bases del carácter y la personalidad; se trata de un periodo fundamental en el desarrollo de cada ser humano. Pero ¿qué sucede cuando este proceso sufre un encierro obligatorio?, ¿cuáles son las consecuencias de poner todos estos cambios en un dormitorio y una computadora sin posibilidad de un desarrollo natural? La pandemia provocó todo esto y ahora se ven las consecuencias.
En marzo de 2020 comenzó la incertidumbre con el primer caso de Covid-19 en Bolivia. La inmediata medida fue el cierre de colegios hasta nuevo aviso; un nuevo aviso que demoró dos años en llegar. Mientras, niños de 11 y 12 años se vieron alejados de sus amigos y sus vidas normales. Los adolescentes de 13, 14 y 15, que ya experimentaban sus primeras fiestas y primeros amores, fueron encerrados.
Y quienes tenían 16, 17 y 18 años debieron salir bachilleres sin dar ese último abrazo, vivir el último día de clases, las fiestas de promoción y tantas cosas que hacen que este periodo sea inolvidable.
Parecen cosas absurdas y sin sentido. Mucha gente opinó en su momento, diciendo que nadie se muere si no tiene su fiesta de 15 años, es verdad, pero tampoco es justo que esperemos de los adolescentes una reacción adulta a una situación tan adversa; más aún cuando los mismos adultos enfrentaron este periodo con tanta dificultad.
La preocupación se centró en las clases virtuales, en buscar llenar las mentes de los adolescentes, pero tratándolos como si fueran personas de hojalata. ¿Qué se hizo por su desarrollo emocional y social? Muy poco y en algunos casos, nada.
Desde mi trabajo, observo que los padres se esforzaron por dar las herramientas tecnológicas a sus hijos para que pasen clases. Niños de 11 años que manejan un celular con una destreza impresionante, pero olvidaron cómo sostener un lapicero.
Quienes ahora tienen 13 y 14 años se encontraron con sus compañeras de curso con cuerpos en desarrollo y ahora están impresionados con el cambio sin saber cómo comportarse y reaccionar ante ello. Señoritas que ven a sus amigos altos y guapos, cuando la última vez que los vieron eran pequeños y regordetes.
Surgen los primeros “chequeos”, pero no saben cómo expresarlo. Se generan los rechazos amorosos y no comprenden cómo sobrellevarlos. Muchos de ellos no tuvieron una charla sobre sexualidad, la información que recibieron fue a través de las redes sociales; información que no ayuda, no construye y muchas veces ni siquiera es adecuada.
Sus formas de molestar al compañero ahora son a través del celular. Hacen memes ofensivos, stickers, toman fotos sin consentimiento y dicen cosas sin filtro y sin comprender lo mucho que pueden llegar a dañar sus palabras al otro. Claro, en la vida real no se puede “eliminar el mensaje”. Pocos adultos revisan los celulares de sus hijos o los instruyen en su manejo responsable. Y para muchos, fue su único aliado en pandemia para afrontar la soledad del encierro.
Y no se debe olvidar que muchos de estos adolescentes tuvieron que vivir situaciones de violencia en su hogar. Se vieron encerrados en un entorno de maltrato del cual antes podían huir al colegio, pero ahora no tenían dónde más ir que a su celular y el mundo virtual.
Los colegios ahora no sólo enfrentan los vacíos académicos de la virtualidad, sino el destape de estas emociones contenidas durante dos años. La situación es más crítica para quienes no convivieron con hermanos o algún par de su edad como un primo.
Los adolescentes fueron encerrados y con ellos se encerraron sus emociones. Comenzó el destape de una olla a presión de cambios y es responsabilidad de los adultos tratar de paliar todas estas consecuencias para que estas personas no se conviertan en adultos sin madurez emocional, de eso ya existe demasiado y si necesidad de una pandemia.




















